EL QUINTO PECADO

"Dios nos envía los alimentos y el demonio los cocineros." Thomas Deloney

En estos tiempos, en los que están a la orden del día los trastornos alimenticios como la anorexia o la bulimia, el conocido como quinto pecado, la gula, quizás sea el más propenso al perdón de los siete capitales. Esa pasión desordenada por comer o beber que hoy vemos como algo posiblemente frívolo y de mal gusto, en tiempos pasados fue considerada normal. Es el propio carácter de las sociedades de cada época el que nos enseña este concepto, en el que la abundancia siempre prima antes que la escasez. En lo más profundo de las pautas de nuestro comportamiento permanece aun el recuerdo de cuando el hombre en el Paleolítico sufría de manera frecuente períodos de escasez de alimentos, alternados con los de abundancia así como la dificultad de almacenamiento de los mismos, imponían en las sociedades tribales primitivas ese deseo de comer sin límite en las épocas de abundancia como un desagravio por aquéllas frecuentes, de austeridad. En estas circunstancias no es difícil comprender el desenfreno alimenticio cuando fuera posible.

Para los antiguos griegos y romanos la comida era algo así como un rito que se imponía en cualquier acto social, incluso hasta en las ceremonias fúnebres el ágape se celebraba sobre la tumba del familiar o amigo fallecido, con lo que se despedía de manera formal el duelo. Dentro de este marco, la gula llegó a constituir un auténtico arte romano, hasta tal punto que calificaban de mezquina la mesa si cuando se estaba a punto de saborear un manjar no se quitaba sustituyéndolo por otro mejor. Los espartanos, en cambio, sintieron tal aversión a la gordura, que se llegó a castigar incluso con el destierro. El pecado de la gula no se menciona en la Biblia, pero ya en el siglo IV los cristianos creían que podrían ir al infierno por comer en demasía. Durante la Edad Media, los teólogos creían que había siete formas de cometer el pecado de la gula, desde "comer demasiado" hasta "comer de forma demasiado refinada". El escritor italiano Dante decía que los que cometían este pecado serían castigados y se verían obligados a comer sapos e insectos. Se creyó que este pecado era el origen de la obesidad y el alcoholismo, y los cruzados lo combatieron de muchas maneras, que abarcan desde los ayunos religiosos hasta la prohibición.

La propia literatura, así como el arte, son los espejos encargados de mostrarnos a individuos con un afán desmesurado de glotonería. Las primeras manifestaciones de gula, aun no respetando el concepto en el sentido más puro del término, las encontramos en la cultura clásica. Las Bacanales, fiestas celebradas en honor de Baco, dios del vino, dan un primer botón de muestra, aunque el ingrediente principal de estas fiestas era el vino, pese a lo cual las manifestaciones subjetivas de la gula, embriaguez y desenfreno en sus participantes, sí se mostraban sin pudor alguno. La repugnancia y la envidia parecen ir de la mano, como si los deseos y temores se fundiesen en un mismo sentimiento que tiene miedo a aflorar.

Pero no sería hasta llegada la Edad Media cuando entendiésemos el verdadero concepto de la gula, y todo ello siempre con una mezcla de percepciones opuestas. Durante éste período, la gula era considerada casi una idolatría de los escépticos, como si de una deidad se tratase, en la que la adoración al estómago era el auténtico epicentro de su doctrina. Tener o padecer gula implicaba fragilidad humana e imperfección espiritual, pero también tener poder, energía e incluso resistencia física. Pero, a partir del siglo XVI, la gula empezó a perder seguidores, ya que se resaltaban otros valores como el goce y el hedonismo. Para un noble renacentista, pues, lo mal visto pasaba por el exceso, pero no por el deleite personal.


La gula. (Pieter Brueghel)

Pero como todo tiene su principio y su final, el de la gula como conducta tolerada socialmente llegaría a comienzos de la Edad Moderna. Aquí aparecerían los primeros estudios sobre la salud, en los que se daban ejemplos a seguir para el correcto funcionamiento del cuerpo, fundamentados en la dieta y en la buena nutrición. La propia biología humana y el instinto de supervivencia hunden precisamente sus raíces en este trastorno, ¿es la gula una necesidad o un exceso? ¿Cómo se puede poner límite al placer cuando éste sólo proviene de una actividad necesaria?

No llegaría un verdadero cambio hasta los siglos XVIII y XIX con la aparición de la figura del “gourmet”, símbolo del concepto del buen comer como indicio de refinamiento intelectual. Los excesos físicos y morales se quedan definitivamente relegados, dando paso a la exquisitez y al buen gusto, los bufes de la Francia posterior a la Revolución se convirtieron en auténticos acontecimientos sociales que ya no eran censurados por la Iglesia. La nueva conciencia gastronómica otorgaba prioridad al aspecto cualitativo de los majares, de manera que la gula, nunca mejor dicho, acabó siendo engullida por la propia evolución de los tiempos.

Estamos obsesionados con la dieta. ¿Y qué es esta obsesión por la comida sino una lucha entre el pecado y la virtud, el exceso y el autocontrol, una lucha contra las feroces tentaciones de la gula? Lo que en tiempos pasados constituía un problema profundamente espiritual, hoy en día lo hemos transformado de pecado en enfermedad, de modo que lo que satanizamos son los horrores del colesterol y los peligros de la carne roja. Podemos pues concluir teniendo presente aquel proverbio, de que "hemos de comer para vivir, y no vivir para comer".




La Gula

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