FLOR RECONDITA.

"Mi lengua esta mojada,
sudada de arrastrarse en tu desierto.
Si pruebo el polvo siento un sabor a canela
y huele a vainilla tu vapor".

Cuando en los albores del siglo XVI Hernán Cortes llegó a Tenochtitlán fue recibido por el emperador Moctezuma. En el primer banquete que les fue ofrecido, Bernal Díaz, infante y cronista de la gesta, al mando de Cortés, notó que el emperador saboreaba una bebida que únicamente era ofrecida a él y a los grandes personajes de la corte. Al preguntarle a un sirviente le dijo que era la bebida de los dioses aromatizada con “Tlilxochitl” que significa “flor negra”. Moctezuma notó el interés y mandó les fuera dispensada a los españoles, quienes pidieron conocer los exóticos frutos de que era hecha. Enorme fue su sorpresa al saber que esas negras varitas que vislumbraban, fueran las que le comunicaban a la deliciosa bebida tan sutil perfume. Así aconteció nuestro primer contacto con la vainilla. Etimológicamente, el nombre de la vainilla deriva de la palabra latina vagina y quiere ser un diminutivo de vaina o cáscara.

Cuenta la leyenda de la vainilla que en tiempos del Rey Tenitztli III, de la dinastía Totonaca, la primera de sus esposas alumbro una bella niña a la que le pusieron el nombre de Tzacopantziza "Lucero del Alba" la cual fue consagrada al culto de Tonacayohua, diosa responsable de la siembra, el pan y los alimentos. Un joven príncipe llamado Zkata-Oxga "joven venado" se enamoro de ella a pesar de que tal sacrilegio estaba castigado con el degüello. Un día en que "Lucero del alba" salió del templo con tortitas de maíz para ofrecérselas a la diosa su enamorado la secuestró, fugándose con ella a la montaña. No habían caminado mucho cuando apareció un monstruo que cercando a ambos en lenguas de fuego los obligó a retroceder. Al llegar al camino los sacerdotes les esperaban enfurecidos y antes de que Zkatan pudiera pronunciar una palabra fue degollado siendo la misma suerte la que corrió la princesa. Sus cuerpos aún calientes fueron llevados al templo y les extirparon el corazón los cuales depositaron en el altar de la diosa. En el lugar en el que se les mató la hierba empezó a secarse, poco tiempo después comenzó a brotar un arbusto, pero tan asombrosamente que en unos días se elevó varios metros del suelo cubriéndose de un espeso follaje. Cuando acabó de crecer, junto a su tallo comenzó a brotar una orquídea trepadora que con sorprendente rapidez y exuberancia envolvió el tronco del arbusto a la vez con fuerza y delicadeza. El impetuoso sol del trópico traspasaba los ramajes del arbusto a cuyo amparo la orquídea se desarrollaba como una novia protegida en el seno de su amado. Una mañana se cubrió de bellísimas flores y todo aquel sitio se inundó de impresionantes aromas. Atraídos por tantos prodigios los sacerdotes y el pueblo no dudaron que la sangre de los príncipes se había transformado en arbusto y orquídea. Y el éxtasis llegó a su umbral cuando las aromáticas florecillas se convirtieron en largas y delgadas vainas que al madurar desprendían un perfume todavía más profundo como si el alma inocente de “Lucero del Alba” se convirtiera en la esencia tan exquisita. De la sangre de la princesa nació la vainilla que en totonaci es kkamada Caxixinatli "flor recóndita".

Vainilla

El comercio mundial de la vainilla no despegó hasta el siglo XVII, momento en que la especia fue mostrada a la reina Isabel de Inglaterra por su farmacéutico, Hugo Morgan. Éste, pidió una muestra a Charles de L'Ecluse, también llamado Carolus Clusius, que había publicado, por primera vez en Europa, una descripción de la vaina llamándola “Lobus oblongus aromaticus”, es decir, “alargada cáscara aromática”. Durante más de dos siglos, del XVII al XVIII, México y concretamente la región de Veracruz, mantuvo el monopolio de la vainilla. Y los totonacas continuaron siendo los principales productores mundiales hasta mediados del siglo XIX. Todas las tentativas de reproducir esta orquídea fuera de su hábitat natural resultaron un fracaso. De hecho, no se supo hasta el siglo XIX que las abejas indígenas jugaban un papel indispensable en la fecundación, y por lo tanto, en la producción del fruto de la vainilla. Al llegar a Europa, la vainilla supuso una auténtica revolución. Donde más fue apreciada fue en la corte de Francia. Un botánico francés trató de aclimatar la planta en los invernaderos del Museo de Historia Natural de París, pero esta bella hermafrodita prefiere el trópico y no pasa de ser una planta ornamental. Por esto, Luis XIV decidió intentar introducir la planta en la isla de Bourbon, o como actualmente se llama, isla de La Reunión. Sin embargo, los diversos intentos realizados durante su reinado fracasaron.

A falta de insectos polinizadores que la fecunden, la vainilla, al igual que todas las orquídeas, permanece obstinadamente estéril hasta mediados del siglo XIX. Según cuenta la leyenda, un esclavo de doce años, llamado Edmond Albius, habría hallado el secreto de la fecundación asistida. Debido a la estructura de la flor, sin la mano del hombre no puede ser fecundada, hay una pequeña lengüeta que impide la comunicación entre los órganos masculino y femenino, por ello el plantador debe manipular las flores una por una, con la ayuda bien de un palito de bambú, vara de limonero o una aguja, levanta la lengüeta liberando el polen, después se presiona la flor para que se efectúe la fecundación, esto unido al curado de las plantas limita la producción de la cosecha mundial y encarece los precios notablemente, lo que hace de la vainilla la segunda especia más cara después del azafrán.

Prodigio de la naturaleza donde confluye la belleza propia de una orquídea con un universo aromático único y singular que hace de muchas de nuestras recetas una experiencia única. Que esta recóndita flor de los aztecas siga elevando nuestro gusto.



Leyenda de la vainilla.

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