Con esta máquina, o utilizando embudos adecuados, se procede a embutir distintos tipos de productos. Los chorizos, elaborados con magro, sal, pimentón, ajo y un toque de tocino para suavizar, siguiendo una receta tradicional. Las morcillas, que incluyen magro, tocino, sangre, sal, pimentón y ajo. El salchichón, preparado con magro, cabezas de lomo y presas de paletilla, un poco de tocino, sal, pimienta negra tanto en grano como molida, vino fino, nuez moscada y ajo. El lomo en blanco, similar al chorizo pero sin pimentón. Y las deliciosas cintas de lomo embutidas.
Durante la comida de este tercer día, se disfrutan sobre todo de piezas de cerdo asadas. Para finalizar el proceso, basta con colgar la chacina en la talanquera consistente en una estructura de palos sobre sillas, etc., para orear embutidos al fuego, freír parte del hígado o asadura que luego se conservará en orzas con manteca o aceite de oliva, y salar costillas y tocino. Solo quedaría poner los jamones en sal en la bodega para dar por concluida la tradicional matanza.
Antes de poder disfrutar plenamente del fruto de nuestro trabajo, es imprescindible esperar a que los embutidos, jamones y demás cortes del animal que hemos preparado culminen su proceso de curado. Para garantizar que este procedimiento se realice en las condiciones óptimas, hay varios aspectos que debemos considerar:
Tradicionalmente, el lugar ideal para la curación de embutidos es una habitación ubicada directamente bajo el tejado, lo que se conoce como a "teja vana", y orientada al norte. Esta debe contar con la capacidad de hacer fuego, ya que, en ocasiones, cuando el proceso de maduración se ralentiza, encender lumbre resulta útil. El humo, gracias a sus excepcionales propiedades para el secado y conservación de los embutidos, ayuda a acelerar el proceso. En las casas tradicionales, estas actividades suelen realizarse en la planta superior, generalmente en la cocina. Allí se clavan ganchos en las vigas de madera que sostienen el techo, permitiendo colgar el zarzo donde colocaremos los distintos productos en curación. Estos se benefician tanto del humo generado durante las tareas cotidianas como del propio calor del cocinar diario. Sin embargo, es importante evitar el exceso de humo, ya que puede impregnar los embutidos con un sabor demasiado intenso e incluso desagradable.
Las condiciones atmosféricas desempeñan un papel fundamental en la correcta elaboración de productos cárnicos curados, como la chacina. Es ampliamente aceptado que el ambiente ideal para este proceso requiere un clima seco y frío, razón principal por la cual las matanzas suelen realizarse durante el invierno. Sin embargo, estas condiciones ideales no siempre están garantizadas. Un exceso de calor o lluvias prolongadas puede comprometer la calidad del embutido, mientras que un frío extremo podría generar congelaciones de los embutidos, deteriorándolos.
El éxito de este proceso reside, por tanto, en la adecuada regulación del ambiente en el espacio donde se secan los embutidos. Para optimizar las condiciones, generalmente se recomienda abrir las ventanas en las horas más frescas del día, lo que facilita la entrada de aire frío y renovado que contribuye al secado homogéneo. No obstante, debe evitarse una corriente excesiva de aire, pues esta podría ocasionar un secado superficial, dejando el interior del embutido húmedo y comprometiendo su calidad.
Durante las horas más cálidas del día, resulta adecuado cerrar las ventanas para prevenir que el calor altere la carne. Asimismo, por la noche es importante mantenerlas cerradas con el objetivo de proteger los embutidos de posibles heladas, especialmente en las primeras horas del amanecer.
La interacción armoniosa de estos factores, junto con una gestión racional de las condiciones ambientales, garantiza que la chacina alcance el punto óptimo de curación. Solo así podrá obtenerse un producto apto para el consumo con las características deseadas en términos de sabor, textura y conservación.
Estancia para el secado del embutido.
El periodo de curación de los embutidos varía enormemente, desde semanas (fuet, salchichón) hasta meses (chorizo semicurado) y hasta años (jamón ibérico de bellota), dependiendo del tipo, grosor y condiciones climáticas, siendo cruciales las etapas de secado y maduración en bodega para desarrollar sabor y textura, reduciendo agua y potenciando aromas. Cada embutido necesita un tiempo específico de maduración antes de estar listo para su consumo. Un clima favorable puede acelerar el proceso y permitirnos disfrutar de los productos de la matanza mucho antes que si las condiciones no son las óptimas.


La división del trabajo.
En la matanza, las tareas se organizan según las supuestas habilidades de los participantes. Los hombres suelen encargarse de transportar el cerdo, sacrificarlo, chamuscarlo, sujetarlo durante el proceso de despiece, picar la carne si se realiza manualmente, preparar los jamones para salarlos, montar mesas, bancos y talanqueras, y llevar a cabo cualquier tarea que implique esfuerzo físico.
Por su parte, las mujeres asumen labores más relacionadas con los preparativos y la elaboración. Ellas se ocupan de servir la comida antes de empezar la jornada, recolectar la sangre del cerdo, lavar y limpiar las tripas, colaborar en la selección y separación de las carnes, y elaborar productos como morcillas, chorizos, manteca, chicharrones y otros derivados. Además, son quienes habitualmente se encargan del aliño y el condimento de la carne para la preparación de los distintos embutidos.
Los niños y niñas suelen tener tareas más sencillas pero no menos importantes. Realizan recados antes, durante y después de la matanza, ayudan accionando la palanca de la embutidora para llenar las tripas con embutido o girando la manivela de la máquina para picar carne. Incluso se les suele hacer un pequeño chorizo para cada uno, casi como si fuera un juguete; un detalle que podría considerarse un primer paso hacia la especialización por edad y género.
Ámbito social.
Estas reuniones familiares mantienen un evidente reflejo de la estructura de clases que define a la comunidad. Durante la matanza, dicha estructura se manifiesta en el seno de la familia extensa: los amigos cercanos que acuden como invitados para echar una mano, los trabajadores que durante el resto del año sirven en la casa y colaboran en la matanza de manera desinteresada, y aquellos que reciben una compensación económica por realizar tareas específicas durante el proceso.
Sin embargo, este evento también permite una interpretación más allá de lo familiar, reflejando matices de clase, competencia y prestigio social. Por ejemplo, los pequeños propietarios solían optar por sacrificar dos cerdos pequeños en lugar de uno grande, lo cual, más allá de influir en la cantidad de jamones, paletas u otros productos obtenidos, marcaba una diferencia social. Alguien que solo sacrificara un cerdo quedaba en desventaja a los ojos del vecindario. Asimismo, quien acostumbraba participar en la matanza y un año dejaba de hacerlo denotaba una posible caída en su situación económica, revelando con ello su declive en el tejido social. Debido a las razones previamente mencionadas, estas características se percibían con mayor claridad en los minifundios. En la actualidad, las matanzas, aunque han perdido gran parte del ceremonial tradicional, se llevan a cabo sin diferencias entre clases sociales.
Matanza tradicional. Ritual ancestral.
Podemos concluir por lo tanto que este evento anual garantiza la conservación y supervivencia de una comunidad, conlleva un trasfondo de veneración, preocupación por la escasez y regocijo ante la abundancia. En este sentido, los rituales relacionados con esta actividad se centran especialmente en torno a la matanza doméstica, un evento clave vinculado al animal más representativo de la economía rural. Este acontecimiento puede enmarcarse dentro de las festividades populares que categorizan como familiares, siendo a través de su práctica ritual una reafirmación de los lazos sociales, donde magia, superstición y religión se entrelazan para dotar de significado al acto festivo.
En concreto, el componente celebratorio inmerso en estas labores se camufla bajo una serie de usos y costumbres cuyo significado, en ocasiones, resulta esquivo. No obstante, nuestra labor implica intentar desentrañar estos códigos simbólicos en la medida de lo posible.
A lo largo del análisis, hemos identificado diversos rituales inherentes a la matanza. Entre ellos destacan el uso del fuego (por ejemplo, en el chamuscado del cerdo), las comidas de adviento, los banquetes colectivos, gestos solidarios entre los miembros de las familias extensas, juegos y bromas, así como la utilización de objetos cargados de simbolismo (como el banco del sacrificio o las cuchillas especiales para sazonar). A esto se suman elementos específicos como la confección de vestimentas exclusivas para estas tareas y, especialmente, el acto simbólico de marcar con sangre a las jóvenes participantes.
Este proceso constituye, en definitiva, un ritual anual que tiene lugar en una temporada particular (entre diciembre y marzo). Durante este período, familiares y amigos se congregan para asegurarse y celebrar la obtención de una de las principales fuentes de sustento del hogar. Las labores de la matanza están impregnadas de antiguos rituales relacionados con el sacrificio animal, la purificación mediante el fuego, el uso de utensilios específicos, los momentos compartidos de ocio, el jolgorio juvenil y el fortalecimiento del culto a la amistad y a la familia extensa. Todo ello encuentra su máxima expresión alrededor del fuego del hogar.
Es esta combinación de ritos, símbolos y patrones sociales lo que confiere a la matanza casera su carácter indiscutible como una celebración profundamente arraigada en el ámbito familiar.
La matanza toda una tradición.