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SOPA FRIA. M-CLAN.

"Siete virtudes tiene la sopa: es económica, el hambre quita, sed da poca, hace dormir, digerir, nunca enfada y pone la cara colorada". (Refranero).

“Sopa fría”, del grupo M-Clan, es una de esas composiciones donde el lenguaje cotidiano se transforma  en un recurso  simbólico de gran profundidad. Publicada en 2004 dentro de  una etapa de consolidación artística de la banda, la canción se inscribe en su evolución hacia un rock más narrativo, directo y emocionalmente reconocible dentro del panorama español.

En términos argumentales, la canción aborda una ruptura sentimental. El eje no es tanto el hecho en sí, sino las consecuencias emocionales, desconcierto, vacío, una sensación de pérdida que desestructura la vida cotidiana. Sin embargo, lo que singulariza la pieza es su capacidad para trasladar ese estado afectivo al terreno gastronómico mediante imágenes aparentemente simples pero cargadas de significado.

La expresión central “soplándole a la sopa fría” funciona como una metáfora de gran precisión. Desde una perspectiva culinaria, la sopa es un alimento asociado al cuidado, al calor y al confort. Su temperatura constituye un elemento esencial, una sopa caliente implica atención, presencia y una experiencia sensorial completa. Cuando esa sopa se enfría, no solo pierde cualidades organolépticas, sino también su valor simbólico como alimento reconfortante.

En ese contexto, el acto de “soplar” una sopa que ya está fría introduce una dimensión de absurdo. Es un gesto mecánico, heredado, que ya no responde a la realidad del alimento. Esta disonancia se traslada al plano emocional, persistir en una relación que ha perdido su esencia, mantener dinámicas afectivas que ya no tienen sentido. La metáfora articula así una idea central del desamor contemporáneo, la inercia frente a la evidencia.

La canción incorpora, además, otros elementos gastronómicos que refuerzan su carga simbólica. El caviar aparece vinculado al brindis, pero lejos de representar celebración auténtica, sugiere un lujo vacío, una escenificación que intenta suplir la carencia emocional. Del mismo modo, la referencia al “menú” y su ausencia, introduce la idea de desorden vital, sin menú no hay estructura, no hay secuencia, no hay proyecto.

Desde una lectura más amplia, la gastronomía en “Sopa fría” no se presenta como práctica material, sino como lenguaje. No hay técnica ni elaboración culinaria en sentido estricto; lo que emerge es un sistema de signos donde los alimentos funcionan como vehículos de significado. Esta estrategia conecta con una tradición cultural extensa en la que la comida ha servido para expresar identidades, conflictos y estados emocionales.

En el caso de M-Clan, esa tradición se reinterpreta en clave contemporánea, con un enfoque urbano e incluso irónico. La cocina deja de ser un espacio doméstico protegido para convertirse en un escenario simbólico donde se proyectan tensiones humanas, calor frente a frialdad, abundancia frente a vacío, deseo frente a resignación.

En síntesis, “Sopa fría” convierte un gesto cotidiano, comer sopa, en una alegoría del fracaso afectivo. Su fuerza reside en evidenciar que la gastronomía, más allá de su función nutritiva, constituye un lenguaje cultural capaz de articular memoria, emoción y experiencia.


SOPA FRIA

Mi estrella roja se esfumó
Jugando al ajedrez
Me cambió por un cantante de hip-hop

Entre vodka y clamoxyl
Amanecí en mi cama hoy
Año bisiesto y con lo puesto nada más

Te fuiste a Moscú
Me dejaste sin menú
Soplándole a la sopa fría

Como un esquimal
Al que le ha sentado mal
La sopa fría

Mi sentido y mi común
Que antes se llevaban bien
Se dijeron: "hasta luego, nunca más"

Aproveché para escapar
Entre tanta estupidez
Y me dieron carnavales sin volver a casa

Te fuiste a Moscú
Me dejaste sin menú
Soplándole a la sopa fría

Como un esquimal
Al que le ha sentado mal
La sopa fría

Y ahora me bebo el mar
Y en este charco un lavapie

Y brindo con caviar
Para que vuelvas de una vez

Te fuiste a Moscú
Me dejaste sin menú
Soplándole a la sopa fría

Como un esquimal
Al que le ha sentado mal
La sopa fría

Te fuiste a Moscú
Me dejaste sin menú
Soplándole a la sopa fría

Como un esquimal
Al que le ha sentado mal
La sopa fría

Na-na-ra, na-ra-na
Na-na-ra, na-ra-na
Soplándole a la sopa fría

Na-na-ra, na-ra-na
Na-na-ra, na-ra-na
Soplándole a la sopa fría

Soplándole a la sopa fría

ODA AL TOMATE. JORGE DREXLER.

"El tomate cambió el destino de la mesa europea más que muchos tratados políticos". (Felipe Fernández Armesto).

Existen alimentos que se consumen y pronto se olvidan, pero hay otros que, por motivos enigmáticos, adquieren una carga narrativa especial. El tomate pertenece a este último grupo: un fruto americano que ha trascendido fronteras, al mismo tiempo modesto y majestuoso, tan presente en el día a día que casi pasa desapercibido, aunque su esencia inspira poesía. Cuando Jorge Drexler crea Oda al tomate, no se limita a componer una simple canción sobre gastronomía; se suma conscientemente a una tradición literaria y cultural que eleva lo cotidiano a símbolo y transforma lo doméstico en fuente de reflexión profunda.

Transformar la poética rítmica de Jorge Drexler, quien a su vez se inspira en la esencia de Pablo Neruda, en un texto en prosa es un ejercicio que nos permite apreciar el tomate no solo como ingrediente, sino como un objeto cultural y estético. Aquí teneis la adaptación de la letra a un texto unificado y narrativo, manteniendo todo su rigor lírico y descriptivo:


"La calle se llena de tomates porque a la mitad del día, en pleno verano, la luz se fractura en dos mitades de tomate y el jugo corre por las calles. En diciembre, el tomate se desprende, invade las cocinas, entra por los almuerzos y se sienta reposado en los aparadores, entre los vasos, las mantequilleras y los saleros azules. Posee una luz propia, una majestad benigna que nos obliga a reconocerlo: debemos, por desgracia, asesinarlo. Se hunde el cuchillo en su pulpa viviente; es una víscera roja, un sol fresco, profundo, inagotable, que llena las ensaladas de Chile.

Se casa alegremente con la clara cebolla y, para celebrar la unión, se deja caer el aceite, hijo esencial de la olivar, sobre sus hemisferios entreabiertos. La pimienta añade su fragancia, la sal su magnetismo: es la boda del día. El perejil levanta sus banderas, las papas hierven vigorosas y el asado golpea la puerta con su aroma. Es entonces cuando, sobre la mesa, en la cintura del verano, el tomate —astro de tierra, estrella repetida y fecunda— nos muestra sus circunvoluciones, sus canales y la insigne plenitud de su abundancia, sin hueso, sin coraza y sin espinas. Nos entrega el regalo de su color fogoso y la totalidad de su frescura en un ofrecimiento sencillo y absoluto".


Desde una perspectiva etnográfica, este texto refleja la consolidación del tomate como soberano de la mesa mediterránea y americana. Es fascinante cómo la letra subraya esa "majestad benigna" y su falta de coraza, lo que lo convierte en un símbolo de vulnerabilidad y entrega gastronómica. Este texto podría servir perfectamente para ilustrar cómo la identidad cultural se construye a través de la sacralización de lo cotidiano.

WONKA. UN SUEÑO DE CHOCOLATE.

"Todas las cosas buenas empezaron con un sueño". (Wonka-Pelicula).

Wonka narra los años iniciales de Willy Wonka, un joven inventor y soñador que llega a una ciudad dominada por un poderoso cártel de chocolateros con la ambición de compartir creaciones dulces capaces de provocar asombro y felicidad. Dotado de una imaginación desbordante pero carente de recursos, Wonka se enfrenta a un sistema económico hostil que castiga la creatividad independiente y protege los intereses de los productores establecidos. A lo largo de su recorrido, marcado por la precariedad, la explotación y la resistencia, el protagonista va afinando su talento y forjando una ética propia, hasta convertir el chocolate en un medio de expresión y emancipación, anticipando la figura del legendario chocolatero cuya fábrica será, en el futuro, un espacio donde la fantasía y el placer desafían las jerarquías del mundo real.

En Wonka, el origen del célebre chocolatero no se articula como una simple fábula infantil, sino como una crónica cinematográfica sobre el nacimiento del deseo moderno, encarnado en una materia tan concreta como simbólica, el chocolate. La película, lejos de limitarse a la nostalgia, propone una lectura cultural del alimento como lenguaje, como promesa y como forma de poder. Desde esta perspectiva, Wonka puede leerse como una reflexión sobre la gastronomía entendida no solo como técnica, sino como sistema de valores, imaginación y economía moral.

El chocolate, eje narrativo y estético del filme, aparece históricamente situado en una tradición europea que transforma un producto colonial, procedente de Mesoamérica, ritual y amargo en su origen, en un bien de consumo asociado al placer, la infancia y la fantasía. Wonka no ignora esta genealogía, la dulzura exuberante de sus creaciones es inseparable de una ciudad que funciona como metonimia del capitalismo urbano decimonónico, donde el azúcar y el cacao se convierten en motores de sociabilidad y diferenciación. En este sentido, la película dialoga con la historia real del chocolate en Europa, de bebida aristocrática a producto industrial, de lujo exótico a alimento emocionalmente codificado.


El protagonista encarna la figura del artesano visionario frente a la estandarización. Su chocolate no es simplemente un alimento, sino una experiencia total que apela a los sentidos, a la memoria y a la promesa de transformación personal. Esta concepción conecta con una tradición gastronómica que entiende la cocina como acto narrativo, cada receta cuenta una historia, cada sabor activa un imaginario. Wonka cocina como quien escribe o compone música; su obrador es un laboratorio poético donde técnica e imaginación se confunden, anticipando debates contemporáneos sobre creatividad culinaria, autoría y espectáculo.

La película establece, además, un contraste deliberado entre la gastronomía como acto de generosidad y la gastronomía como instrumento de control. El gremio de chocolateros, caricatura de monopolios y corporaciones, representa una cocina sin relato, obsesionada con la reproducción del poder y la exclusión. Frente a ellos, Wonka propone una ética del gusto basada en la sorpresa y el acceso, el placer no como privilegio, sino como experiencia compartida. Esta tensión remite a discusiones históricas sobre la democratización del consumo alimentario, especialmente en la Europa industrial, donde el azúcar y el chocolate fueron simultáneamente símbolos de progreso y de desigualdad.


Desde un punto de vista cinematográfico, Wonka construye su discurso gastronómico a través de una puesta en escena sensorial: colores saturados, texturas exageradas, coreografías que convierten la producción de dulces en un ritual colectivo. La cocina se transforma en espectáculo, pero también en utopía. No es casual que la película insista en la dimensión performativa del acto culinario, cocinar es aquí un gesto político, una forma de imaginar mundos alternativos donde el goce no está reglamentado por la escasez artificial.

Para un espectador atento, Wonka ofrece así una lectura compleja del alimento como construcción cultural. El chocolate funciona como metáfora de la modernidad, producto global, cargado de historia colonial, industrializado hasta el exceso, pero aún capaz de vehicular afecto, memoria y deseo. En este sentido, la película se inscribe en una larga tradición de relatos donde la gastronomía no es mero decorado, sino estructura simbólica —de Babette’s Feast a ciertas fábulas contemporáneas sobre chefs y mercados—, recordándonos que comer, incluso en clave de fantasía, nunca es un acto inocente.


Wonka no propone una tesis académica explícita, pero su universo narrativo invita a pensar la gastronomía como un territorio donde se cruzan economía, ética y estética. El chocolate, en manos de su protagonista, deja de ser un simple dulce para convertirse en una pregunta abierta: ¿Qué tipo de sociedad construimos cuando decidimos quién tiene derecho al placer? En esa pregunta, envuelta en azúcar y música, reside la verdadera densidad cultural de la película.

MUSICA Y GASTRONOMIA.

CATEGORIA MUSICA

"La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu". (Miguel de Cervantes).

La relación entre música y gastronomía no es un mero ejercicio de analogía sensorial ni una coincidencia retórica sostenida por metáforas fáciles. Se trata, más bien, de un vínculo histórico, cultural y antropológico profundo, en el que ambas prácticas han compartido espacios, funciones sociales, lenguajes simbólicos y sistemas de jerarquización. Comer y escuchar —como beber y cantar— han sido, desde las primeras sociedades complejas, actos simultáneamente biológicos y culturales, inscritos en rituales, celebraciones, economías y construcciones identitarias.


En la tradición occidental, la música culta ha recurrido de forma recurrente al universo gastronómico como motivo narrativo, simbólico y estructural. Desde los banquetes descritos en la ópera barroca —donde la mesa funciona como escenario de poder, exceso o transgresión, hasta las alusiones explícitas a la comida y el vino en el "Lied" alemán, la "opéra-comique" francesa o determinadas cantatas profanas, la gastronomía aparece como signo de placer, sociabilidad, estatus o moralidad. No es casual que el vino, alimento fermentado por excelencia, haya ocupado un lugar central en el repertorio musical europeo, su ambivalencia entre lo sagrado y lo profano lo convierte en un símbolo particularmente fértil para la composición.

En paralelo, las formas musicales populares y tradicionales han integrado la gastronomía como parte esencial de su imaginario. Coplas, romances, canciones de trabajo, cantos rituales y músicas festivas han utilizado alimentos, recetas, productos locales y prácticas culinarias como marcadores de territorio, memoria y pertenencia. En este ámbito etnográfico, la comida no es solo tema lírico, sino contexto performativo: se canta mientras se vendimia, se siega, se cocina o se celebra. La música, en estos casos, acompaña y estructura el acto alimentario, reforzando su dimensión comunitaria y simbólica.


La modernidad musical amplía y transforma esta relación. En el jazz, el blues o el rock, la gastronomía aparece asociada a identidades sociales concretas —la comida del sur estadounidense, los bares, el alcohol como espacio de sociabilidad y marginalidad y se convierte en lenguaje codificado, cargado de referencias culturales implícitas. En la música popular contemporánea, determinados alimentos y bebidas funcionan como signos de clase, género, deseo o resistencia, al tiempo que reflejan los cambios en los sistemas de producción y consumo. La canción, como forma breve y directa, ha sido especialmente eficaz para fijar estos imaginarios gastronómicos en la cultura de masas.

Desde una perspectiva técnica y estética, la relación entre música y gastronomía también se ha formulado en términos de estructura y percepción. Conceptos como ritmo, textura, equilibrio, contraste o armonía atraviesan ambos campos y han servido para construir discursos cruzados entre compositores, intérpretes, cocineros y críticos. No es casual que, en determinados momentos históricos, la cocina haya aspirado a una “composición” análoga a la musical, ni que la música haya sido descrita en términos gustativos, táctiles o aromáticos.


Esta categoría del blog se propone explorar estos cruces desde una mirada informada y transversal, atendiendo tanto a la música académica como a las tradiciones populares y a las expresiones contemporáneas. El objetivo no es ilustrar la música con referencias gastronómicas ni convertir la comida en simple anécdota lírica, sino analizar cómo ambas prácticas se influyen, se reflejan y se explican mutuamente. En ese diálogo constante entre oído y paladar se revelan formas de entender el mundo, de organizar lo social y de expresar el placer, la identidad y la memoria colectiva.

CARÊME, CHEF DE REYES.

"Cuando ya no haya buena cocina en el mundo, no tendremos literatura, ni inteligencia elevada y aguda, ni reuniones amistosas, ni armonía social". (Antoine Carême).

La serie televisiva "Carême, chef de reyes" no es únicamente una recreación biográfica del célebre Marie-Antoine Carême (1784–1833), sino una reflexión dramatizada sobre el momento fundacional de la gastronomía moderna. A través de su figura, la serie explora cómo la cocina deja de ser un oficio invisible para convertirse en un lenguaje de poder, representación y prestigio cultural en la Europa postrevolucionaria. En ese tránsito, el cocinero pasa de servidor anónimo a autor, de artesano a intelectual, de trabajador doméstico a figura pública.

Carême encarna, quizá como ningún otro personaje histórico, el nacimiento del chef moderno: un profesional consciente de su técnica, de su valor simbólico y de su capacidad para influir en la política, la economía y la cultura a través de la mesa.


El contexto histórico en el que se sitúa la serie es crucial. La Francia de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX vive una transformación radical de sus estructuras sociales. La Revolución Francesa no solo derriba a la aristocracia, sino que libera a cientos de cocineros de palacio que, privados de sus antiguos patronos, abren restaurantes o entran al servicio de una nueva élite política y financiera.

Carême es hijo directo de este proceso. Formado en la tradición cortesana, pero activo en un mundo nuevo, representa la adaptación de la cocina aristocrática a un espacio público y burgués. La serie muestra con acierto cómo la alta cocina deja de ser exclusivamente un privilegio de sangre para convertirse en una herramienta de legitimación del poder, quien gobierna debe también saber comer y hacerlo con estilo.

La libertad guiando al pueblo. (Eugène Delacroix).

En este sentido, "Carême, chef de reyes" dialoga con un fenómeno paralelo que se dará también en España durante el siglo XIX, cuando la cocina francesa se convierte en modelo aspiracional para la nobleza liberal, la alta burguesía y, más tarde, para los grandes hoteles y restaurantes urbanos de Madrid, Barcelona o San Sebastián.

Uno de los aspectos más relevantes que subraya la serie es el papel de Carême como sistematizador del conocimiento culinario. No se trata solo de cocinar bien, sino de pensar la cocina, clasificarla, escribirla y dotarla de un lenguaje propio. Sus tratados como, "L’Art de la cuisine française" marcan el inicio de una cocina codificada, transmisible y jerarquizada.

Carême establece principios técnicos fundamentales: la organización de las salsas, la importancia del fondo, el equilibrio entre ligereza y estructura, la estética arquitectónica de los platos. Su obsesión por las "pièces montées", inspiradas en la arquitectura clásica, revela una concepción de la cocina como arte total, donde confluyen geometría, simbolismo y espectáculo.


La serie acierta al mostrar esta dimensión intelectual del oficio, anticipando una idea que hoy resulta evidente pero que en su época era revolucionaria, el cocinero no solo ejecuta, interpreta y crea. Esta noción tendrá una larga herencia en la gastronomía europea y llegará a España a través de la influencia francesa en cocineros de corte, recetarios decimonónicos y, más tarde, en la alta restauración del siglo XX.

El subtítulo implícito de la serie, "Chef de reyes" no es metafórico. Carême cocina para Talleyrand, para el zar Alejandro I, para embajadores y casas reales. En la serie, la cocina aparece como un espacio político donde se negocian alianzas, se exhibe poder y se construye imagen internacional.

Este uso diplomático de la gastronomía no es exclusivo de Francia. España, durante el siglo XIX, adoptará progresivamente esta lógica en banquetes oficiales, recepciones palaciegas y celebraciones institucionales, combinando tradición local con el protocolo culinario francés. El vino, por ejemplo, comienza a ocupar un lugar estratégico: jereces, malvasías o riojas conviven con burdeos y champanes como símbolos de apertura y modernidad.

La serie muestra cómo Carême comprende intuitivamente esta función: un menú no es solo una sucesión de platos, sino un relato político. La elección de ingredientes, el orden de servicio, la puesta en escena y el ritmo del banquete comunican tanto como un discurso.


Desde una perspectiva antropológica, "Carême, chef de reyes" también aborda el coste humano de esta nueva visibilidad del chef. La disciplina extrema, la presión constante, la dependencia del favor del poder y la fragilidad física del propio Carême revelan el reverso de la gloria culinaria.

La serie evita idealizar el oficio y muestra la cocina como espacio de jerarquía, conflicto y sacrificio corporal. Este enfoque conecta con debates contemporáneos sobre las condiciones laborales en la alta restauración y permite leer a Carême como precursor de una tensión aún vigente, la cocina como lugar de creación, pero también de desgaste.

Aunque ambientada en el siglo XIX, la serie dialoga claramente con el presente. La figura del chef mediático, autoral y global tiene en Carême un antecedente directo. Su obsesión por la técnica, la estética y la transmisión del conocimiento resuena en la gastronomía contemporánea, incluida la española, donde la reflexión sobre tradición, territorio y modernidad ha sido central desde finales del siglo XX.

Asimismo, la serie invita a reconsiderar el relato habitual que sitúa el nacimiento de la modernidad culinaria únicamente en Escoffier. Carême aparece aquí como eslabón fundamental entre la cocina cortesana del Antiguo Régimen y la restauración moderna, entre el anonimato del oficio y la celebridad del chef.


"Carême, chef de reyes" es, en última instancia, una serie sobre la cocina como hecho cultural total. A través de la vida de un cocinero, se narran transformaciones profundas: el paso de la tradición a la codificación, del servicio al autor, de la mesa privada al escenario público.

Para un espectador interesado en la gastronomía desde una perspectiva histórica y cultural, la serie ofrece una lectura rica y sugerente: nos recuerda que cocinar nunca ha sido un acto neutro. En cada plato se inscriben relaciones de poder, identidades sociales y visiones del mundo. Y que, desde Carême hasta hoy, la cocina sigue siendo una de las formas más complejas —y elocuentes— de narrar quiénes somos.

Carême, chef de reyes.

MOJO PICON. LA RICA SALSA CANARIA. CACO SENANTE.

"La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu". (Miguel de Cervantes).

En el año 1982 Caco Senante se disponía a grabar un disco que iba a titularse "Mojo picón", con el subtítulo "Salsa Canaria". La elección resultaba plenamente coherente: era canario, cantaba salsa y la salsa canaria más representativa de la gastronomía del archipiélago es, precisamente, el mojo picón. En ese contexto, recibió una llamada del director de la casa discográfica y, durante el encuentro, este le sugirió que compusiera una canción con ese mismo título, ya que consideraba que encajaría muy bien en el concepto del álbum.


La propuesta no fue de su agrado, puesto que el disco ya estaba completamente preparado y añadir una nueva canción implicaba eliminar uno de los temas previamente seleccionados. Aun así, tomó una guitarra, se encerró en una habitación y, en apenas diez minutos, la canción estaba terminada.

La compuso con la intención de que no gustara, utilizando una rima en "ón" que fonéticamente podía resultar incluso vulgar y una letra muy alejada del nivel de otras canciones que había escrito. Sin embargo, cuando salió de la habitación y se la interpretó al director, este reaccionó con entusiasmo y exclamó: "Maravilloso… ¡es justo lo que buscábamos!". Ante esa respuesta, pensó de inmediato que el director no tenía criterio alguno.

Con el tiempo, la historia demostró que el equivocado era él. Sin proponérselo, había creado una buena canción, muy pegadiza, de esas que, tras una sola escucha, se quedan grabadas en el subconsciente. Aquella canción cambió por completo su vida y lo introdujo en el mundo de la gastronomía. Comenzó a sonar en programas de cocina y, a partir de ahí, empezaron a invitarlo a participar en ellos. Poco a poco se le fue vinculando con el ámbito gastronómico, hasta que terminó abriendo un restaurante, "La Bodeguita del Caco", que regentó durante trece años.


Además, ha formado parte de diversos jurados gastronómicos, entre ellos los de los premios Matías Gorrotxategui del Grupo Sáenz Horeca al Mejor Asador de Carne de España, así como del Festival de Cine y Gastronomía Cinegourland, donde ejerció como jurado en concursos de pintxos y de bacalao al pil pil. También fue invitado a cocinar en varios programas de televisión, como "Con las manos en la masa", "Duelo de Chef’s" y "Vamos a cocinar con José Andrés". Todo ello fue consecuencia directa de aquella canción que había compuesto con la intención de que no tuviera éxito.

Sin embargo, la canción también tuvo su lado oscuro. Llegó un momento en el que prácticamente le arrebató su nombre: la gente lo reconocía por la calle y lo llamaba "Mojo Picón", despidiéndose de él con ese apelativo.

Por otro lado, en varias ocasiones intentó eliminar la canción de su repertorio, pero el público no se lo permitió. Aunque se resistía a interpretarla, la insistencia de la gente lo obligaba finalmente a hacerlo. Está convencido de que tendrá que cantarla hasta el final de sus días, pues, según afirma, no logra desprenderse de ella ni con agua caliente.


MOJO PICON.

Ahora que me piden salsa, aprovecho la ocasión,
pa decirles que en Canarias, existe el Mojo Picón.
Condimento indispensable del gourmet y del glotón,
y del que quiere gozarla con un ritmo sabrosón.

Hablar de gastronomía, siempre ha sido mi pasión,
y ahora mismo les digo, me comería un lechón.
Pa mejorarle el sabor, obligada condición,
yo todo lo rociaría con un buen Mojo Picón. 

Mojo Picón, Mojo Picón,
la rica salsa canaria se llama Mojo Picón.

Si a la hora de bailar, el alma pide sabor
y los pies se te disparan movidos por un motor,
no es que te hayas vuelto loco, ni es problema de tensión,
es que la salsa que suena, es la del Mojo Picón.

Y si al ver a esta muchacha, te entra otro sofocón,
porque ves como se mueve con ritmo y con basilón.
No te lo pienses dos veces, tienes la gran solución,
dile que tú tienes salsa y es la del Mojo Picón.

Mojo Picón, Mojo Picón,
la rica salsa canaria se llama Mojo Picón.

OJALA QUE LLUEVA CAFE. JUAN LUIS GUERRA.

"Me cautivó el poder que puede tener saborear una simple taza de café para conectar a las personas y crear una comunidad". (Howard Schultz).

Ojalá que llueva café es el tema principal del cantante dominicano Juan Luis Guerra y su grupo 4:40, perteneciente a su cuarto álbum de estudio que lleva el mismo nombre. Esta canción, que combina magistralmente merengue y cumbia, presenta una lírica que funciona como un poema cargado de metáforas. En ella, se hace referencia a las difíciles condiciones que enfrenta la clase trabajadora rural, albergando, al mismo tiempo, la esperanza de un futuro mejor. Considerada una de las obras más icónicas de Guerra, fue también una de las primeras que logró captar la atención internacional, marcando un hito importante en su carrera. 

La chispa que dio origen a esta memorable composición provino de un momento personal del cantante en Santiago de los Caballeros. Durante una visita a un tío, Guerra tuvo la oportunidad de conversar con un folclorista local que compartió cautivadoras historias sobre la vida en el campo.

De todas aquellas historias, hubo una imagen que quedó profundamente grabada en la mente del artista: la metáfora del deseo de que lloviera café, como un símbolo de prosperidad para los campesinos. Esa idea fue la semilla creativa que impulsó a Guerra a escribir esta pieza, comenzando a trabajar en ella ya al día siguiente.

Ojalá que llueva café no solo celebra las raíces culturales y los paisajes de la República Dominicana, sino que también se configura como una oración lírica cargada de esperanza y justicia para las comunidades rurales del país. 


OJALA QUE LLUEVA CAFE

Ojalá que llueva café en el campo
que caiga un aguacero de yuca y té
del cielo una jarina de queso blanco
y al sur una montaña de berro y miel
ojalá que llueva café

Ojalá que llueva café en el campo
peinar un alto cerro ´e trigo y mapuey
bajar por la colina de arroz graneado
y continua´ el arado con tu querer
ojalá el otoño en vez de hojas secas
vistan mi cosecha de Pitisale
sembra´ una llanura de batata y fresas
ojala que llueva café
Pa´ que en el conuco no se sufra tanto, ay hombe´
ojalá que llueva café en el campo
pa´ que en Villa Vásquez oigan este canto
ojalá que llueva café en el campo
ojalá que llueva, ojalá que llueva, ay hombe´
ojalá que llueva café en el campo
ojalá que llueva café, jeh jeh

Ojalá que llueva café en el campo
sembrar un alto cerro de trigo y mapuey
baja´ por la colina de arroz graneado
y continua´ el arado con tu querer
ojalá el otoño en vez de hojas secas
vistan mi cosecha ´e pitisale
sembra´ una llanura de batata y fresas
ojalá que llueva café

Pa´ que en el conuco no se sufra tanto, oh
ojalá que llueva café en el campo
pa´ que en los montones oigan este canto
ojalá que llueva café en el campo
ojalá que llueva, ojalá que llueva, ay hombe´
ojalá que llueva café en el campo
ojalá que llueva café

Pa´ que to´ los niños canten en el campo
ojalá que llueva café en el campo
pa´ que en La Romana oigan este canto
ojalá que llueva café en el campo
ay, ojalá que llueva, ojalá que llueva, ay hombe´
ojalá que llueva café en el campo
ojalá que llueva café.

La letra es un evidente reflejo de la riqueza gastronómica de la República Dominicana, desplegando una sinfonía de sabores como la yuca, el queso y la miel. Estos elementos simbolizan la abundancia y la prosperidad inherentes al campo y la cocina dominicana. Basada en una fusión de influencias taínas, africanas y españolas, representa la esencia misma de la cocina criolla, un verdadero emblema cultural.

LITERATURA Y GASTRONOMIA.

CATEGORIA LITERATURA

"La literatura culinaria es la de mayor contenido humano, un género que bien aderezado tiene la propiedad de concentrar pareceres, sumar voluntades y aunar votos". (Emilia Pardo Bazán). 

La gastronomía en la literatura trasciende su función meramente ornamental, consolidándose como un lenguaje universal que amplifica la experiencia del lector al entrelazar sabores, aromas y texturas con el desarrollo argumental y la construcción de los personajes. Este recurso narrativo adquiere una relevancia significativa al incorporar autenticidad, simbolismo y profundidad a las obras literarias, al tiempo que representa las dimensiones sociales, culturales y económicas que caracterizan a los personajes y sus respectivos contextos históricos. A lo largo de la tradición literaria, se ha puesto de manifiesto la estrecha conexión entre la narrativa y el ámbito culinario, dado que la alimentación es una parte intrínseca de la experiencia cotidiana humana, proyectándose de manera inevitable en las diferentes creaciones. Desde esta perspectiva, las creaciones literarias frecuentemente incluyen referencias gastronómicas que inciden en múltiples aspectos relacionados con los personajes. Numerosas obras  abordan esta temática tanto en el ámbito narrativo como en otras formas de expresión, como el teatro, brindando una perspectiva integral sobre este fenómeno. Esta aproximación temática permite explorar y analizar las transformaciones históricas y sociales, al igual que las prácticas culturales que se plasman en las manifestaciones literarias a través del tiempo. 

Las referencias vinculadas a la gastronomía están cargadas de un profundo significado. Todo lo relacionado con la comida puede albergar una fuerte dimensión simbólica, desde la persona que se ocupa de adquirir los ingredientes, pasando por los procesos de preparación, hasta las grandes celebraciones que giran en torno a ella. Incluso, el simple acto de comer puede quedar en un segundo plano frente a la importancia atribuida al alimento en sí. De igual manera, la gastronomía suele considerarse un reflejo de la identidad de cada país y cultura, actuando como un elemento diferenciador que destaca las particularidades geográficas, históricas, económicas, temporales y rituales.

El acto de comer se relaciona intrínsecamente con la manera en que la literatura se vincula al arte de cocinar. En el ámbito literario, el escritor puede ser comparable a un chef creativo que, con dedicación y esmero, elabora su obra, ya sea un cuento, una novela, un drama o una pieza poética. Este autor sazona su creación con una generosa dosis de imaginación, semejante a los ingredientes que confieren sabor y carácter a un plato exquisito, todo ello con el propósito de cautivar al lector-comensal. El lector no solo experimenta la obra a través de la lectura, sino que disfruta y saborea, como en un festín sensorial, las interacciones entre espacios, personajes y acontecimientos que componen cada fragmento narrativo. Así, el escritor se convierte en un verdadero alquimista de las palabras, un maestro culinario que experimenta, ajusta y reinventa formas originales de concebir la literatura, sirviendo al público en cada libro una experiencia renovada y sorprendente.

Resulta difícil concebir que dos mundos tan distintos como la literatura y la gastronomía puedan estar separados; sin embargo, si observamos a los escritores que no solo se han dedicado a disfrutar de los sabores y placeres culinarios ofrecidos en diversas mesas, descubriremos que son muchos los que han explorado esta conexión.

ESTOMAGO. PODER, SEXO Y GASTRONOMIA.

El líder solo puede mantenerse en el poder asegurándose satisfacer las necesidades  de quienes lo respaldan.

"Estómago" es una fascinante historia de supervivencia social que entrelaza con maestría los sabores de la cocina y los rincones más profundos del ser humano. Su protagonista, Raimundo Nonato, es un hombre sencillo y algo ingenuo que deja atrás la vida del campo para buscar un futuro en la ciudad. Con pocas esperanzas, pero un don que pronto descubrirá cambiará su destino: su talento innato para la cocina.

La vida de Nonato comienza en el modesto y descuidado bar de Zulmiro, un hombre hosco que lo acoge a regañadientes. Raimundo encuentra refugio en un pequeño cuarto trasero infestado de ratas y cucarachas, donde trabaja incansablemente a cambio de un plato de comida. Sin embargo, en ese ambiente adverso, se descubre como un cocinero excepcional y transforma aquel bar decadente en un lugar de cierto éxito. 

El giro inesperado llega una noche cuando Giovanni, el dueño de un renombrado restaurante italiano, queda asombrado al probar las creaciones culinarias de Nonato. Al contratarlo como ayudante de cocina, le abre las puertas a una vida completamente nueva. Raimundo empieza así su travesía por el mundo de los sabores italianos, descubre la magia de las recetas tradicionales y se deja seducir por el encanto del vino. Poco a poco, su vida cambia: consigue una casa, viste mejor y entabla nuevas relaciones. Entre ellas surge un vínculo peculiar con Iria, una prostituta de apetito voraz que lo enamora, envolviendo a Raimundo en una relación simbiótica que encierra un intercambio primitivo: sexo por comida.

Sin embargo, ese amor transforma a Raimundo más allá de lo esperado. De un hombre humilde y soñador pasa a convertirse en un asesino, cegado por pasiones desbordadas. Su crimen lo lleva tras las rejas, pero incluso allí, su habilidad en la cocina le abre nuevas puertas. En la cárcel, comienza a cocinar para sus compañeros de celda y gradualmente gana influencia. Finalmente, manipulando el arte del sabor y el veneno, Nonato elimina al líder de los presos y toma su lugar, disfrutando del poder y los privilegios que este ostentaba.

"Estómago" es más que un relato; es una degustación para adultos que explora con profundidad temas como el poder, el sexo y la gastronomía.  Una obra que desgarra el alma con su crudeza y sorprende con cada giro, todo mientras nos sumerge en una mezcla deliciosa y perturbadora de emociones humanas.

ANDEME YO CALIENTE Y RIASE LA GENTE.

Las flores a las personas ciertos ejemplos les den, que puede ser yermo hoy el que fue jardín ayer. (Luis de Góngora).

Luis de Góngora

La letrilla "Ándeme yo caliente y ríase la gente" de Góngora resalta una clara inclinación hacia una vida sencilla y los placeres cotidianos, reflejados en detalles como saborear una morcilla asada, acompañada de mantequilla y pan fresco. El autor contrapone esta elección humilde y reconfortante a los excesos de la alta sociedad, representados por lujos superfluos como comer en vajillas doradas. En lugar de buscar la opulencia o las inquietudes asociadas al poder y el estatus, Góngora opta por ensalzar la llamada "dorada mediocridad", valorando la tranquilidad del hogar y los alimentos simples que reconfortan, frente a las responsabilidades y pretensiones de los poderosos.


     ANDEME YO CALIENTE Y RIASE LA GENTE


 Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno;
y las mañanas de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.
 
Coma en dorada vajilla
el Príncipe mil cuidados
como píldoras dorados,
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente,
y ríase la gente.
 
Cuando cubra las montañas
de blanca nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas,
y quien las dulces patrañas
del Rey que rabió me cuente,
y ríase la gente.
 
Busque muy en buena hora
el mercader nuevos soles;
yo conchas y caracoles
entre la menuda arena,
escuchando a Filomena
sobre el chopo de la fuente,
y ríase la gente.
 
Pase a media noche el mar
y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama;
que yo más quiero pasar
del golfo de mi lagar
la blanca o roja corriente,
y ríase la gente.
 
Pues Amor es tan cruel
que de Píramo y su amada
hace tálamo una espada,
do se junten ella y él,
sea mi Tisbe un pastel
y la espada sea mi diente,
y ríase la gente.

RENÉ MAGRITTE. EL MAGO. EL PAN. EL VINO Y LA CARNE.

Pan, vino y carne, crían buena sangre. (Refranero).

René Magritte es el creador de algunas de las imágenes más conocidas del siglo XX y el responsable de que el concepto de “manzana” esté tan vinculado a los ordenadores (es por su manzana verde que Paul McCartney nombró Apple Corps a su compañía, nombre que inspiró a Steve Jobs para crear Apple Computer). El pintor belga trató temas como la metamorfosis y la diferencia entre realidad y obra, incidiendo en las incongruencias creadas por el imaginario colectivo. El interesante autorretrato El mago, que recuerda al también surrealista Max Ernst, muestra al artista con alimentos tan comunes como el pan, el vino y la carne, y tiene la particularidad de ser a la vez estático y dinámico, ya que los brazos generan sensación de movimiento. Un conflicto que gustaba al belga, que defendía que todo lo que vemos oculta siempre otra cosa.

Es posible que Magritte con este ilusionismo quiera plasmar los superpoderes del surrealismo. Con la elección de estos tres alimentos, que se han considerado como básicos dentro de la alimentación y que, por tanto, son necesarios para mantenerse en buen estado de salud. Se erige en “El mago”, donde se le ve comiendo a cuatro manos. Una le sirve para poner el vino en el vaso, otra la utiliza para ponerse el pan en la boca y con las otras dos corta la carne. Se trata de servirse de sus “superpoderes para alimentarse”.

EL LAUREL. NACIDO DE UNA NINFA.

“En un mundo superior puede ser de otra manera, pero aquí abajo, vivir es cambiar y ser perfecto es haber cambiado muchas veces”. (John H. Newman).

Apolo y Dafne es una escultura realizada por el italiano Gian Lorenzo Bernini entre los años 1622 y 1625. Pertenece al estilo barroco. Se trata de un grupo escultórico de mármol y de tamaño natural expuesto en la Galería Borghese (Roma).


Cuenta el mito de Apolo y Dafne que Apolo se burló de Eros. Eros, molesto por la arrogancia de Apolo, ideó vengarse de él y para ello le arrojó una flecha de oro, que causaba un amor inmediato a quien hiriere. Otro disparo hirió a la Driade Dafne con una flecha de plomo, que causaba el rechazo amoroso. Así que cuando Apolo vio un día a Dafne se sintió herido de amor y se lanzó en su persecución. Pero Dafne, que sufría el efecto contrario, huyó de él. Y la driade corrió y corrió hasta que agotada pidió ayuda a su padre, el río Ladón, ya su madre la diosa Gea quienes determinaron convertir a Dafne en laurel. Cuando Apolo alcanzó a Dafne, ésta iniciaba la transformación: su cuerpo se cubrió de dura corteza, sus pies fueron raíces que se hincaban en el suelo y su cabello se llenó de hojas. Apolo se abrazó al árbol y se echó a llorar. Y dijo: «Puesto que no puedes ser mi mujer, serás mi árbol predilecto y tus hojas, siempre verdes, coronarán las cabezas de las personas en señal de victoria».

La transformación la relata Ovidio en el poema Las metamorfosis. Este mito ilustra el origen de uno de los símbolos típicos del dios, la corona de laurel.

Gian Lorenzo Bernini captura la transformación de Dafne con intensa emoción, retratando las diferentes etapas de sus cambios. Al igual que sucede en otra de sus obras, el Rapto de Proserpina, la obra nos pide que interactuemos con ella: vista desde la espalda de Apolo, la figura de Dafne queda oculta, mostrándonos sólo el árbol en que se transforma, de modo que girando alrededor de la estatua tenemos una visión en el tiempo de la metamorfosis de la ninfa. La contraposición de los elementos y el uso del claroscuro reflejan la fuente de la escultura helenística de la que bebe Bernini. También en el periodo helenístico existía esta percepción de Apolo como un muchacho andrógino, joven y delgado, con un peinado casi femenino, aspectos representados también en esta estatua.


Aunque Apolo predicaba la virtud griega de la Sofrosina, la moderación y la sobriedad, esta estatua le muestra persiguiendo desesperadamente a su amor, en vano. Esta escultura se inspiró en el Apolo Belvedere de Leocares. La composición se realiza en plano-relieve, encontrándose llena de dinamismo y difuminación. El grito de horror de Dafne y el rostro perplejo de Apolo nos muestran un contraste de actitudes y aspectos que reflejan el interés por la representación de las esculturas. Esta preocupación por la expresividad muestra una gran utilización del pathos (capacidad del personaje de mostrar sus sentimientos). Dafne parece desconocer su transformación según mira hacia atrás por encima de su hombro, con los labios entreabiertos por el miedo. Su repentina detención, a consecuencia de su transformación, muestra el cabello de Dafne inmortalizado mientras gira. Mientras, Apolo se muestra estupefacto, no puede creer lo que ven sus ojos.

Bernini utiliza una composición abierta, figura tridimensional que permite la visión espacial de todos los ángulos de la escultura, con una gran línea diagonal que otorga a la escultura un gran movimiento y dinamismo a todo el conjunto, especialmente en los ropajes ondeados y en el cabello de Dafne. La posición cercana de los personajes otorga a la obra estabilidad.


EL RELOJ. JUAN GRIS. EL CUBISMO DE UNA BOTELLA DE JEREZ.

"Existe más historia que geografia en una botella de vino". (Jean Kressmann).

El Reloj. (Juan Gris).

En 1912 Juan Gris sitúa una botella de Jerez en su obra ‘El Reloj’. Un collage al óleo sobre lienzo que pone de manifiesto la popularización que tuvo el Jerez fuera de nuestras fronteras en la cercana Francia, a comienzos del siglo XX.

Da igual la marca o tipo de vino, es de Jerez de la Frontera, con eso es suficiente, y más viniendo de unos de los principales representantes del Cubismo Sintético quien, como la mayor parte de los artistas que emigraron a París, pasaría adversidades por conseguir un lugar en las galerías de arte más vanguardistas.

El Reloj, realizado en París en 1912 supone un punto de inflexión en su trayectoria como pintor cubista. Hasta esta fecha su obra recreaba las experiencias compositivas que se venían desarrollando en el estilo desde 1906. Un mundo geométrico y reconocible, de luces y sombras monocromas, que poco a poco va a ir sintetizándose, gracias a la fragmentación de las figuras, cuyas siluetas comenzarán a compartir entre ellas áreas interrelacionadas.

En esta obra, como herencia del Cubismo de Braque, introduce por primera vez la literatura como elemento del collage; dos fragmentos de poemas de Apollinaire que tratan sobre el paso del tiempo y el amor perdido. Junto a otros elementos de carácter realista como el reloj de bolsillo – que da nombre a la obra – o la etiqueta de la Botella de ‘Jerez de la Frontera’, invitan a reflexionar en su conjunto la idea sobra la que tratan los textos.

LAS SIETE BELLAS ARTES Y LA GASTRONOMIA.

CATEGORIA LAS 7 ARTES

"La belleza artística no consiste en representar una cosa bella, sino en la bella representación de una cosa". (Immanuel Kant).

Las siete bellas artes representan diversas disciplinas consideradas como formas de expresión creativa que destacan por su elevado valor estético y que se perciben y disfrutan fundamentalmente a través de los sentidos de la vista y el oído. Estas manifestaciones artísticas han sido reconocidas a lo largo del tiempo por su capacidad para transmitir emociones, ideas y belleza, conectando profundamente con las experiencias humanas. 


Cuando hablamos de Bellas Artes, es fácil pensar en arquitectura, escultura, pintura, música, danza, literatura y cine. Estas disciplinas han sido reconocidas a lo largo de la historia como los pilares de la expresión artística. Sin embargo, aunque la gastronomía no figura oficialmente en esta lista, muchos la colocan cerca del mismo pedestal. Y no solo por su capacidad de alimentar, sino por cómo conecta con el alma, despierta emociones y narra historias con creatividad y pasión, tal como cualquier otra forma de arte.

No es casualidad que la gastronomía encuentre su reflejo en las Bellas Artes. Cada una de estas disciplinas deja su impronta en el universo culinario, elevando la experiencia de comer a algo mucho más profundo que simplemente satisfacer el hambre.

1.Arquitectura: Cada plato que llega a una mesa tiene algo de diseño arquitectónico. Desde la disposición armoniosa de los ingredientes hasta cómo los restaurantes organizan sus espacios para enriquecer el ambiente. Al igual que un edificio bien diseñado, un buen plato necesita equilibrio, funcionalidad y estética.

2.Escultura: ¿Quién no ha quedado maravillado por las tallas intrincadas en frutas o vegetales? Desde figuras hechas de chocolate hasta postres que parecen pequeñas obras maestras, la escultura se aprecia a diario en el arte culinario.

3.Pintura: La comida es pura expresión visual antes incluso de deleitar al paladar. Los chefs manejan colores y texturas como un pintor maneja su pincel, logrando composiciones que emocionan desde el primer vistazo.

4.Música: El poder de una melodía para potenciar momentos especiales también se siente en los restaurantes. La música cuidadosamente seleccionada puede intensificar los sabores o definir el tono de una experiencia gastronómica inolvidable.

5.Danza: La cocina tiene ritmo. Desde los movimientos armónicos de los chefs frente a sus fogones hasta el elegante fluir del servicio en una sala. En eventos temáticos, esta sinergia tiene su corona cuando la danza y la gastronomía se entrelazan frente a los comensales.

6.Literatura: La cocina también cuenta historias, ya sea a través de libros que documentan tradiciones o mediante menús que narran el viaje creativo de un chef. Incluso una receta, con su precisión y tacto al ser escrita, puede evocar poesía.

7.Cine: La pantalla grande y el mundo culinario forman una pareja fascinante. Desde clásicos como "El Festín de Babette" hasta entrañables filmes como "Ratatouille" o documentales como *Chef’s Table*, el cine amplifica la pasión inherente a la cocina y explora su magia desde perspectivas únicas.

Hoy más que nunca, los chefs son reconocidos como artistas. Sus creaciones no solo alimentan cuerpos sino que despiertan pensamientos y emociones profundas. Movimientos como la gastronomía molecular, encabezados por visionarios como Ferran Adrià, han redefinido cómo entendemos este arte al introducir innovación casi científica al proceso creativo.

Hay un universo de posibilidades para fusionar las Bellas Artes con la cocina. Integrar elementos como diseños impactantes en los platos, crear entornos musicales para enfatizar experiencias sensoriales o programar eventos culturales donde se mezclen gastronomía y arte puede transformar cualquier experiencia gastronómica en un acto trascendente.

La combinación entre las Bellas Artes y la gastronomía no solo dignifica esta última como una forma reconocida de arte; también abre un abanico infinito de creatividad para chefs, artistas y soñadores que buscan ofrecer algo más allá de una simple comida. Es un recordatorio de que comer también puede ser una experiencia sublime y profundamente artística.