LOS DULCES DEDOS DE UNA PALMERA

“Quien quiera protegerse del infierno que dé aunque sea un trozo de dátil. Quien sea que no posea nada para darlo en caridad, que diga una buena frase, porque una buena acción es recompensada por Allah de diez a setecientas veces más que su valor.” (Mahoma).


A veces mostramos cierta simplicidad a la hora de establecer el origen de los alimentos, de cómo llegaron a nuestras tierras, de quienes los trajeron o si en todo caso ya estaban aquí, hoy nos hallamos ante uno de ellos, los dátiles. Existe la creencia popular de que fueron introducidos en la Península Ibérica por los árabes, quizá sustentada en el amplio testimonio escrito que dejaron de tan dulce fruto y de lo relevante e importante que es en sus países de origen. Nada más lejano de la realidad. Ya en tiempos remotos antes de que el hombre llegase a su actual estado de evolución, la palmera datilera, árbol que como su nombre indica da como fruto el dátil, poblaba abundantemente el continente europeo que por aquel entonces poseía un clima parecido al que existe actualmente en el Norte de África. Su nombre procede del catalán “dátil”, éste del latín “dactylus”, y éste del griego “δaκτυλος”, que quiere decir “dedo” debido a la forma que tiene.

Ya en tiempo de los romanos Plinio el Viejo en su obra “Historia natural” manifiesta que existían palmeras en Italia, pero eran estériles, mientras que en la costa mediterránea de España proporcionaban dátiles, por lo que presumiblemente su introducción llego de la mano de algún pueblo de oriente como los fenicios. Desde la antigüedad pues, el hombre ha comido dátiles. Así sabemos que los egipcios los incluían en su alimentación y además de vino de vid, bebían vino de dátiles. Igualmente, su cultivo se cita en los textos asirios y babilónicos, en la Biblia y, posteriormente, en los textos de los autores clásicos. Ha tenido gran significación para distintos pueblos, para caldeos y árabes era el árbol de la vida, para egipcios simbolizaba la fertilidad, para los hebreos y griegos el triunfo y para los fenicios era sagrada.

Pero si hay un pueblo que se distingue por su consumo de dátiles, éste es sin lugar a dudas el pueblo islámico, cuyos pastores nómadas de la época preislámica, debido a lo árido del medio en el que vivían, ya se alimentaban esencialmente de los productos lácteos de sus camellos y cabras, algo de carne y dátiles. Se dice que un beduino aguanta tres días de marcha en el desierto con un dátil: “En el primero come la piel, en el segundo el fruto, en el tercero el hueso”. Lo que para nosotros puede ser un postre o un antojo, en el desierto hace posible la vida. Las palmeras datileras “Phoenix dactylifera” son objeto de devoción allí donde se cultivan. Simbolizan la unión entre cielo y la tierra y su presencia junto a las casas es signo de hospitalidad. Es el árbol que inspiró las columnas de los templos, el pilar del cielo, según afirma la palabra griega “Phoenix”. En muchas mezquitas, como en Córdoba, las columnas recuerdan la forma de las palmeras, Y en los paisajes más austeros, la dulzura de su fruto presagia el paraíso. Para la tradición musulmana la palmera datilera es contemplada como la “fuente de la vida”. El dátil está profundamente unido a su historia, cultura y dieta alimenticia. Aunque lo consumen durante todo el año, es fundamentalmente durante el mes del Ramadán cuando lo comen. Probablemente lo único que asemeja a todas y cada una de las mesas de los que hacen el ayuno de Ramadán son los dátiles. Es un alimento simbólico del periodo de ayuno islámico, pues la creencia señala que el profeta Mahoma rompía el ayuno comiendo un dátil, costumbre achacable a uno de los caracteres más ajustados al profeta del Islam, la austeridad. Existe otro rito islámico que refleja la importancia concedida al dátil, la “tahnikah” que consiste en frotar en el paladar del recién nacido un dátil blando o desmenuzado inmediatamente después del nacimiento. Esto se realiza poniendo un trozo pequeño de dátil tierno en un dedo y frotándolo de derecha a izquierda en el paladar del niño. Ésta es una costumbre en el Islam con la que se recibe al recién nacido, y se practica antes de que cualquier otro alimento ingrese a su estómago. Por su aporte calórico, su fácil conservación y transporte, el dátil fue el fruto ideal para las largas expediciones de conquista y el comercio en el mundo oriental. Acompañó a Moisés cuando vagó por el desierto en la búsqueda de la Tierra Prometida, a las caravanas en la interminable y dura Ruta de la Seda en las largas travesias marinas de los descubrimientos y a los jinetes musulmanes que conquistaron España. En los tiempos modernos también estuvo dentro de los petates y mochilas de los soldados de las dos guerras mundiales.


Dátiles. (Zacarías Cerezo)

El dátil no es un fruto desecado, a pesar de que por su firmeza y su aspecto pueda parecerlo, pero permite comparación nutritiva con ellos. Este fruto no se somete a un proceso de desecación, sino que se seca al sol en el mismo árbol y después se recolecta. Los dátiles, dada su gran diversidad se clasifican en dátiles blandos, semisecos y secos. Existen más de cien variedades de dátiles, que se diferencian por el color, el tamaño y la forma, las mejores variedades son las moscadas o dátiles semiblandos. El dátil se recolecta de octubre a enero, por lo tanto, es sólo en esa época del año cuando podemos consumir dátiles frescos. Sin embargo, debido a su riqueza en azúcares, se mantiene magníficamente en congelación, por lo que los excedentes los podemos conservar bastante tiempo de este forma. Que los dulces dedos de la palmera sigan endulzando nuestros paladares durante mucho tiempo.



Dátiles.

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