"Por San Martín, se hace el Magosto con castañas asadas y vino o mosto". (Refranero).
La fiesta del magosto constituye uno de los rituales gastronómicos estacionales más antiguos y significativos del noroeste de la península ibérica. Este evento, que en apariencia se presenta como una sencilla celebración popular centrada en el consumo de castañas, encapsula múltiples capas de significado vinculadas a la historia agraria, los símbolos colectivos, la sociabilidad en contextos rurales y la memoria cultural compartida. Su etimología, asimismo, refleja un entrecruzamiento de tiempos y sentidos. Se postula que el término magosto deriva del latín *magus* o "magnus ustus", que traduce literalmente como "gran asado", en referencia a la cocción comunal de las castañas. No obstante, otras teorías lingüísticas proponen su conexión con "mustum", es decir, el mosto recién prensado, lo que alude a la coincidencia temporal entre la recolección de las castañas y la conclusión del proceso de vendimia. En ambos casos, el análisis etimológico remite al núcleo simbólico de esta celebración: el fuego, la abundancia y la conclusión de un ciclo productivo.
A lo largo de la historia, el magosto se ha inscrito dentro de un calendario agrario anterior al cristianismo, profundamente ligado al equinoccio de otoño y al paso hacia la estación oscura. Antes de la llegada masiva de cultivos como la patata y el maíz, la castaña desempeñó un papel crucial como uno de los principales sustentos alimenticios en amplias regiones de Galicia, Asturias, León, El Bierzo, Sanabria, el norte de Portugal y diversas zonas montañosas del interior. Este fruto iba mucho más allá de ser un simple complemento alimenticio; era considerado un auténtico "pan vegetal", una valiosa fuente calórica para las comunidades rurales. La castaña se consumía en distintas formas: fresca, seca, molida o cocida. Por ello, el otoño marcaba un momento trascendental, ya que la recolección de los frutos del castaño garantizaba la supervivencia durante el invierno y daba pie a celebraciones colectivas de agradecimiento y reafirmación comunitaria.
Con la cristianización del magosto, su esencia pagana no desapareció, pero sí fue reinterpretada. Su coincidencia temporal con el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos añadió nuevas capas simbólicas a esta celebración. El fuego del magosto, además de tostar las castañas, se cargó de un significado espiritual al convertirse en una metáfora luminosa que alumbraba la frontera entre los vivos y los muertos. En numerosos pueblos se creía que, durante esa noche, las almas regresaban para calentarse junto a las hogueras o incluso para compartir el banquete de forma invisible. Actos como comer castañas, embadurnarse el rostro con hollín, o degustar vino nuevo y aguardiente adquirieron resonancias profundas, convirtiéndose en gestos cargados de simbolismo. Estas prácticas no solo evocaban el enlace entre generaciones, sino que también reafirmaban el vínculo con una comunidad consciente de la transitoriedad de su propia existencia.
Desde una perspectiva antropológica, el magosto se presenta como un ritual destinado a fortalecer los lazos sociales. Tradicionalmente, su celebración tenía lugar al aire libre, ya fuera en el monte, en los campos comunales o en el entorno de la iglesia, espacios concebidos para el uso colectivo que enfatizaban la noción de lo compartido. No existía una figura central que actuara como anfitrión; la comida, el fuego y la noche misma se entendían como bienes comunes. Las castañas asadas, usualmente acompañadas de pan, chorizo, tocino, sidra o vino joven, se repartían siguiendo un criterio igualitario que, de manera simbólica, disolvía temporalmente las jerarquías sociales. En este marco, el magosto actuaba como una lección práctica para la comunidad, los más jóvenes aprendían los gestos, ritmos y sabores que definían su herencia cultural y gastronómica.
Desde un enfoque etnográfico, la festividad presenta ricas variaciones locales que enriquecen su esencia sin alterar su estructura principal. En Galicia, está asociada a cantos tradicionales, juegos rituales y figuras como el calacú o el folión. En Asturias, conecta con la esfoyaza y la sidra dulce. En El Bierzo y Sanabria emergen elementos relacionados con las mascaradas y las burlas rituales, mientras que en el norte de Portugal el magusto conserva su carácter comunitario, frecuentemente vinculado a las escuelas y parroquias. Estas variantes trascienden la simple categoría de curiosidades folclóricas, ya que reflejan la capacidad del arquetipo festivo para adaptarse a los paisajes culturales, dinámicas económicas y memorias colectivas propias de cada lugar.
El fuego ocupa un papel fundamental, tanto en lo material como en lo simbólico. Asar castañas conlleva un proceso de transformación que convierte el fruto en algo comestible, cálido y perfecto para compartir. Este acto rememora la capacidad humana de domesticar la naturaleza y dominar el transcurso del tiempo. El chisporroteo característico de las castañas al asarse en el tambor o en una sartén perforada, el aroma dulce y terroso que se expande en el ambiente, y la textura harinosa y levemente ahumada del fruto recién pelado, componen una experiencia sensorial que va mucho más allá del simple acto alimenticio. Participar de un magosto no solo implica comer castañas, sino formar parte de una tradición colectiva que se renueva año tras año.
Desde una perspectiva cultural, el magosto ha dejado su impronta en la literatura costumbrista, en las escenas rurales capturadas por la pintura, en la música tradicional y en la memoria transmitida de generación en generación. Escritores de los siglos XIX y XX lo mencionaron como un emblema de la vida campesina y de la convivencia en comunidad, mientras que la iconografía popular lo identifica con la modestia generosa, el calor del hogar frente al rigor del invierno y una forma de celebración sencilla pero significativa. En un contexto donde la estacionalidad y la incertidumbre climática eran constantes, el magosto encarnaba una verdad inquebrantable: si había castañas y fuego, la comunidad tendría la fortaleza para superar el invierno.
Puesto de castañas asadas. Arnold Corrodi.
Hoy en día, la recuperación del magosto como una celebración gastronómica y cultural no solo busca conservar el patrimonio, sino también satisfacer una creciente necesidad de reconectar con los ciclos naturales y con una forma de alimentación arraigada al territorio. La castaña, ahora redescubierta y valorada tanto por la gastronomía de calidad como por la cocina basada en ingredientes locales, recupera un protagonismo simbólico que nunca llegó a desaparecer por completo. No obstante, el verdadero significado del magosto trasciende el producto en sí; reside en el acto colectivo, en el tiempo compartido alrededor del fuego y en la conciencia de formar parte de una tradición humana que se extiende a lo largo de los siglos.
Desde esta perspectiva, el magosto no debe considerarse como una mera reliquia folclórica ni como una celebración estacional cualquiera, sino como un saber vivo que se transmite a través del cuerpo, el gusto y las emociones. En esta festividad confluyen historia, antropología y gastronomía, inseparables entre sí como parte de una misma vivencia cultural. Asar castañas en otoño, reunirse para disfrutarlas y celebrar su llegada sigue representando, ahora como antes, una forma de reafirmar los ciclos de la vida, rendir homenaje a la tierra y recordar que la comida, cuando es compartida, trasciende lo material para transformarse en cultura.
El magosto. La fiesta de las castañas.




