EL LAUREL, GLORIA O VICTORIA.

¡Oh laurel divino, de alma inaccesible,
siempre silencioso, lleno de nobleza!
¡Vierte en mis oídos tu historia divina,
tu sabiduría profunda y sincera!
(Federico Garcia Lorca).
El laurel es un árbol natural de la cuenca mediterránea, donde crece silvestre en muchos lugares. Alrededor del laurel hay toda una cultura, su nombre científico, “laurus nobilis”, que lo califica como noble, hace alusión a la condición que se le asigna a este árbol desde antiguo. Como muchas otras plantas, son numerosas leyendas las que hay en torno a él, algunas procedentes de la Grecia clásica, relacionadas con dioses y ninfas. De hecho el termino laurel, en griego significa Dafne, nombre de una de las ninfas de las que se enamoró Apolo.
Cuenta la mitología griega que Apolo cautivado por Dafne, hija del dios rio Ladón y la diosa Gea, sintiéndose acosada por éste, pidió ayuda a su padre. Atendiendo a sus súplicas y para que escapara del acoso de Apolo la convirtió en laurel. Éste, desconsolado por la pérdida, hizo del laurel su árbol sagrado, adoptándolo como símbolo propio y cortando algunas ramas se hizo una corona. Desde entonces el árbol ha sido asociado al dios Apolo. También cuenta la leyenda que Zeus mató con un rayo a Asclepio, hijo de Apolo, herido por el fallecimiento de su hijo dio muerte a flechazos a los Cíclopes, forjadores del rayo. De ahí viene la creencia de que el laurel no podía ser alcanzado por los rayos y comenzó a utilizarse como protector contra las tormentas. De este modo, los laureles colocados en las entradas de las casas, amparaban a sus moradores haciendo las veces de pararrayos. Además quedó como símbolo de la victoria y el honor y se le concedía como premio en forma de corona a poetas, artistas, atletas y guerreros.

Rama de laurel. (William Adolphe Bouguereau)


Este simbolismo se ha mantenido a lo largo de la historia, de tal manera que se dice que una persona ha sido laureada o coronada de laureles cuando, debido a una acción digna de ello, se la ha distinguido con honor y gloria. En la Edad Media, cuando alguien finalizaba sus estudios se le coronaba con laurel, pero con una rama que mantuviese sus frutos en forma de baya, simbolizando que había cuajado el fruto del estudio y el afán de aprender. Por eso se le llamaba “baccalaureatus” o lo que es lo mismo, laureado con bayas, origen de nuestro termino bachiller.
Por ser un árbol adecuado para provocar la ignición mediante el frotamiento y por la capacidad que se le atribuía de suscitar sueños proféticos, tanto griegos como romanos lo consagraron a Apolo, divinidad solar protectora de la sabiduría, la creación artística, la poesía, la música y las artes adivinatorias. En efecto, al ser Apolo el dios de la profecía, existía la costumbre en los oráculos de arrojar hojas de laurel al fuego, y si crujían era un buen augurio, por el contrario, sino ocurría así era señal de malos sucesos. Aunque en principio el laurel era utilizado para coronar a los sacerdotes y poetas, con el paso de los siglos, especialmente entre los romanos, sus ramas terminaron simbolizando la gloria, principalmente la que se obtiene en la guerra con el triunfo, y en la paz mediante la práctica del poder, causa por la que se utilizó para coronar a los generales invictos y a los emperadores, para adornar las lanzas de los soldados, las proas de las naves vencedoras, los mensajeros, las cartas y las tablillas que traían buenas noticias. Como signo de triunfo militar, la corona de laurel es una figura que aparece repetidamente en la literatura del Renacimiento y del Barroco.
Por otra parte el laurel, por su belleza y su verdor perenne, suele formar parte de los paisajes ideales y bucólicos del mundo clásico. También señalaremos que el laurel aparece de manera ocasional en recintos funerarios, en que sin perder el significado que le es propio de gloria y victoria, también denota igual que otras especies vegetales presentes en tales lugares, las ideas de paz, recuerdo, permanencia e inmortalidad del alma. Apuntaremos pues que mientras en la religión católica, el sauce, la palmera, el roble, el olmo y sobre todo el cipres son arboles típicos de los cementerios, en la antigüedad debió de ser corriente la presencia del laurel con idénticos fines.
El laurel como emblema de amor lo ha propiciado el mito divulgado por Ovidio, antes mencionado, de Apolo y su amada ninfa Dafne, amor nunca correspondido, quedando este como un símbolo esencialmente romántico. Los ruegos y suplicas de Apolo nunca tuvieron respuesta por parte del endurecido corazón de la ninfa, con lo que esta historia ha quedado como ejemplo del amor triste, mal correspondido o desdichado. Así lo refleja mi admirado Garcilaso en uno de sus sonetos:

Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.


Apolo es el dios griego del sol y la luz, cae perdidamente enamorado de la ninfa Daphne pero esta no le corresponde. Huyendo de los ruegos amorosos del dios la ninfa encuenta un trágico y poético final.

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