"Entre los muchos lujos de la mesa, el café puede ser considerado como uno de los más valiosos. El atisba la alegría sin intoxicación, y el placentero flujo de espíritus que ocasiona nunca es seguido de tristeza, languidez o debilidad". (Benjamín Franklin).
El café es uno de esos alimentos que demuestran, quizá mejor que ningún otro, que comer y beber nunca ha sido solo una cuestión de nutrición. Su historia no se explica únicamente como la difusión de una planta ni como el éxito de una bebida estimulante, sino como la construcción lenta y compleja de un universo cultural propio. En torno al café se han entrelazado prácticas alimentarias, rituales religiosos, modelos económicos, espacios de encuentro y formas de representación simbólica. Seguir su rastro es, en realidad, una forma de asomarse a la historia de la alimentación entendida en sentido amplio, como un fenómeno profundamente humano, social y cultural.
Miembro de la tribu etíope Oromo recolectando café
Antes de ser bebida, el café fue territorio, conocimiento empírico y recurso corporal. En las tierras altas del suroeste de Etiopía, donde el cafeto crece de forma silvestre desde tiempos inmemoriales, la relación con la planta no estuvo mediada inicialmente por la agricultura sistemática ni por la idea de producto comercial. El café formaba parte de un entorno vivo, integrado en prácticas de subsistencia y en un saber transmitido oralmente. Las poblaciones locales, especialmente los oromo, utilizaban los frutos del cafeto de formas diversas, machacados y mezclados con grasas animales, ligeramente fermentados o consumidos como fuente directa de energía. Desde la antropología alimentaria, este primer estadio resulta esencial, pues sitúa al café en el ámbito de lo funcional y lo medicinal, antes que en el del placer o la sociabilidad.
En este contexto africano original, el café no es todavía una bebida social ni un ritual codificado. Es, más bien, un aliado del cuerpo, integrado en la gestión del esfuerzo físico y en la vida cotidiana. Esta dimensión primigenia suele quedar eclipsada por los relatos posteriores, pero resulta esencial para entender la extraordinaria capacidad del café para adaptarse a culturas muy distintas. El café nace como respuesta a necesidades concretas y solo más tarde se irá cargando de significados simbólicos cada vez más complejos.
Mujer etíope tostando café
El gran punto de inflexión llega cuando el café sale de África oriental y entra en el mundo islámico medieval. Este paso, que se consolida entre los siglos XIV y XV, no es solo un desplazamiento geográfico, sino una transformación cultural profunda. En Yemen, el café se convierte en infusión y da lugar a una experiencia sensorial nueva. El sabor amargo, el color oscuro, el calor de la bebida y su efecto estimulante no resultan inmediatamente seductores. El café exige aprendizaje, tiempo y hábito. No conquista de golpe, interpela. Y esa cualidad explica en buena medida su rápida adopción en entornos donde la disciplina del cuerpo y de la mente tenía un valor central.
En los círculos sufíes, el café se integra en prácticas religiosas ligadas a la vigilia nocturna, la oración prolongada y la recitación ritual. No se trata de una bebida profana, sino de un mediador entre el cuerpo cansado y la aspiración espiritual. Ayuda a resistir el sueño, a mantener la atención y a sostener el ritmo de la devoción. Desde este momento inicial, el café queda asociado a la noche, a la concentración y a la interioridad, una relación simbólica que atravesará toda su historia.
El café una practica social
Las polémicas teológicas que acompañan la expansión del café en el mundo islámico muestran hasta qué punto esta bebida altera equilibrios establecidos. Juristas y autoridades religiosas discuten su licitud no tanto por lo que es, sino por lo que provoca. El café no embriaga como el vino, pero cambia los ritmos del cuerpo y favorece la reunión, la conversación y el intercambio de ideas. Las prohibiciones temporales en ciudades como La Meca o El Cairo pueden leerse como respuestas al potencial desestabilizador del café como práctica social. Como ocurre con otros alimentos cargados de significado, el conflicto no está en la sustancia, sino en el uso.
Con la aparición de los cafés públicos en el mundo otomano, a partir del siglo XVI, el café da un paso decisivo. Sale del ámbito religioso o doméstico y se convierte en una institución social. El café público es un espacio ambiguo, a medio camino entre lo privado y lo público, donde se desarrollan nuevas formas de sociabilidad. Allí se cuentan historias, se recitan poemas, se escucha música, se juega y se discute. Desde una mirada etnográfica, el café aparece como un lugar de oralidad intensa, donde la palabra circula y la comunidad se reconoce a sí misma.
Cafetería en El Cairo durante el siglo XVIII
El poder político observa estos espacios con desconfianza, consciente de que el café no solo despierta cuerpos, sino también conciencias. El café se convierte en un lugar donde se forma opinión, un laboratorio informal de pensamiento colectivo. Esta dimensión política, a menudo relegada en los relatos más amables, es clave para entender tanto su rápida difusión como su capacidad para adaptarse a contextos muy distintos.
La llegada del café a Europa en el siglo XVII abre una nueva etapa. Al principio se percibe como una bebida exótica y sospechosa, vinculada al mundo islámico. Sin embargo, poco a poco se integra en las sociedades europeas mediante un proceso de resignificación cultural. En un continente acostumbrado al consumo cotidiano de alcohol, el café introduce una alternativa radical, una bebida que estimula sin embriagar, que favorece la claridad mental y prolonga la conversación. Este cambio, en apariencia menor, tiene consecuencias profundas en la organización del tiempo, del trabajo y de la vida social.
Los cafés europeos se convierten pronto en centros neurálgicos de la vida urbana. En ciudades como Londres, París, Venecia o Viena, funcionan como nodos de información y de intercambio intelectual. Se leen gacetas, se debaten ideas, se cierran negocios y se construyen reputaciones. No es casual que muchas instituciones fundamentales de la modernidad, periódicos, compañías comerciales, bolsas de valores, tengan su origen en cafés. El café se convierte en la bebida de la Ilustración, asociada a la razón, al debate y al espíritu crítico.
La literatura, la pintura y la música recogen y amplifican esta centralidad cultural. El café aparece como escenario privilegiado de la vida moderna, lugar donde se cruzan creación artística, observación social y experiencia urbana. En la pintura del siglo XIX, el café es espacio de espera, de soledad compartida y de anonimato. En la música, se convierte en objeto de ironía y celebración. En la literatura, la taza de café acompaña la escritura, la reflexión y la vigilia creativa, casi como una prolongación del propio acto intelectual.
Un café de Paris. Iliá Yefímovich.
Pero esta historia luminosa no puede separarse de su reverso económico. La conversión del café en mercancía global está estrechamente ligada al colonialismo europeo. A partir del siglo XVIII, su cultivo se expande por América, Asia y África bajo una lógica de monocultivo y explotación intensiva. Las plantaciones de Brasil, el Caribe o Centroamérica se sostienen sobre sistemas de trabajo esclavo o semiesclavo, dando forma a sociedades profundamente desiguales.
Aquí aparece una de las grandes contradicciones del café. Es, al mismo tiempo, símbolo de refinamiento cultural y producto de una violencia estructural. Esta ambivalencia no es accidental, sino una de las marcas de la modernidad. El placer, el gusto y la cultura se entrelazan con la economía política, y el café se convierte en un objeto privilegiado para pensar las tensiones entre consumo y producción, entre disfrute y explotación.
El café. Candido Portinari.
En el siglo XIX, el café se afianza como la bebida urbana por excelencia. Acompaña la industrialización, el auge de la prensa, la vida bohemia y el surgimiento de nuevas sensibilidades artísticas. Los cafés literarios se transforman en espacios de creación y confrontación intelectual. Allí se escriben manifiestos, se discuten obras y se forjan identidades culturales. El café deja de ser solo una bebida para convertirse en atmósfera, en escenario mismo de la modernidad.
El siglo XX introduce una nueva fase marcada por la industrialización y la estandarización. El café se simplifica, se acelera y se adapta al ritmo de la vida contemporánea. El café instantáneo, las grandes marcas y las cadenas internacionales responden a una lógica de eficiencia y consumo masivo. En ese proceso, el café pierde parte de su densidad simbólica, aunque no su función social. Sigue siendo pausa, excusa y pequeño ritual cotidiano.
La tertulia del café Pombo. Jose Solana.
En las últimas décadas, el auge del café de especialidad ha abierto una nueva resignificación. Se vuelve a hablar de origen, de territorio, de productor y de proceso. Se cuida la preparación, se educa el gusto y se reivindica una dimensión ética del consumo. Desde una mirada antropológica, este movimiento puede entenderse como un intento de devolverle sentido a la experiencia alimentaria en un mundo acelerado y globalizado. El café vuelve a ser relato, identidad y vínculo.
A lo largo de su recorrido histórico, el café ha sido alimento funcional, ayuda espiritual, mercancía colonial, símbolo intelectual y objeto de reflexión ética. En cada etapa ha encarnado los valores, las tensiones y las contradicciones de la sociedad que lo adopta. El café no acompaña la historia humana: forma parte de ella. En cada taza se condensan siglos de prácticas, creencias, conflictos y creaciones culturales. Entender el café desde esta perspectiva amplia y ensayística es, en el fondo, una forma de comprender una parte esencial de la historia cultural de la alimentación y, con ella, de nuestra propia humanidad.
El café, una fascinante historia.