"El tomate cambió el destino de la mesa europea más que muchos tratados políticos". (Felipe Fernández Armesto).
Existen alimentos que se consumen y pronto se olvidan, pero hay otros que, por motivos enigmáticos, adquieren una carga narrativa especial. El tomate pertenece a este último grupo: un fruto americano que ha trascendido fronteras, al mismo tiempo modesto y majestuoso, tan presente en el día a día que casi pasa desapercibido, aunque su esencia inspira poesía. Cuando Jorge Drexler crea Oda al tomate, no se limita a componer una simple canción sobre gastronomía; se suma conscientemente a una tradición literaria y cultural que eleva lo cotidiano a símbolo y transforma lo doméstico en fuente de reflexión profunda.
Transformar la poética rítmica de Jorge Drexler, quien a su vez se inspira en la esencia de Pablo Neruda, en un texto en prosa es un ejercicio nos permite apreciar el tomate no solo como ingrediente, sino como un objeto cultural y estético. Aquí teneis la adaptación de la letra a un texto unificado y narrativo, manteniendo todo su rigor lírico y descriptivo:
"La calle se llena de tomates porque a la mitad del día, en pleno verano, la luz se fractura en dos mitades de tomate y el jugo corre por las calles. En diciembre, el tomate se desprende, invade las cocinas, entra por los almuerzos y se sienta reposado en los aparadores, entre los vasos, las mantequilleras y los saleros azules. Posee una luz propia, una majestad benigna que nos obliga a reconocerlo: debemos, por desgracia, asesinarlo. Se hunde el cuchillo en su pulpa viviente; es una víscera roja, un sol fresco, profundo, inagotable, que llena las ensaladas de Chile.
Se casa alegremente con la clara cebolla y, para celebrar la unión, se deja caer el aceite, hijo esencial de la olivar, sobre sus hemisferios entreabiertos. La pimienta añade su fragancia, la sal su magnetismo: es la boda del día. El perejil levanta sus banderas, las papas hierven vigorosas y el asado golpea la puerta con su aroma. Es entonces cuando, sobre la mesa, en la cintura del verano, el tomate —astro de tierra, estrella repetida y fecunda— nos muestra sus circunvoluciones, sus canales y la insigne plenitud de su abundancia, sin hueso, sin coraza y sin espinas. Nos entrega el regalo de su color fogoso y la totalidad de su frescura en un ofrecimiento sencillo y absoluto".
Desde una perspectiva etnográfica, este texto refleja la consolidación del tomate como soberano de la mesa mediterránea y americana. Es fascinante cómo la letra subraya esa "majestad benigna" y su falta de coraza, lo que lo convierte en un símbolo de vulnerabilidad y entrega gastronómica. Este texto podría servir perfectamente para ilustrar cómo la identidad cultural se construye a través de la sacralización de lo cotidiano.