LA ABSENTA, LA MUSA VERDE.

«¿Cuál es la diferencia entre un vaso de absenta y el ocaso?» (Oscar Wilde).
La absenta, palabra de origen griego “ἀψίνθιον”, “apsinthion” que podríamos traducir como “desprovista de placer”, “la no bebible”, con lo que ya su propio nombre, nos transmite el carácter de esta bebida. Elaborada con la planta “artemisia absinthium” como elemento principal, aunque normalmente se hace acompañar de otras como la planta del anís, hinojo o melisa, que procuran suavizar su naturaleza acusadamente amarga. La artemisia, popularmente conocida como ajenjo, ajorizo o hierba santa ha sido conocida desde muy antiguo, ya los egipcios se la transmitieron a los griegos, ha sido llamada la “madre de todas las hierbas” por sus múltiples aplicaciones, sobre todo de índole curativo. El ajenjo se utilizaba para curar anginas, para prevenir la embriaguez y sanar las mordeduras de ratas y ratones. Se le adjudicaron propiedades aperitivas, es decir, abre el apetito, y se utilizaba como tónico estomacal. Se creía que regulaba el ciclo menstrual y que combatía las lombrices intestinales. Como propiedad mágica, el ajenjo se colgaba en las puertas para mantener alejado al diablo y a los espíritus malignos. En la Edad Media, las brujas utilizaban la artemisa en sus pociones, encantamientos y hechizos para ahuyentar a los seres malignos y a los demonios.
La absenta como bebida y tal como hoy la conocemos fue elaborada por primera vez en la postrimerías del siglo XVIII por el doctor Pierre Ordinaire que habitaba en un convento suizo donde las monjas entre otras tareas vendían esta bebida como elixir, dándose de esta manera a conocer. Por una serie de avatares esta llegó a manos del francés Henry-Louis Pernod, quien comenzó a elaborarla de una forma industrial y siendo tal la popularidad que adquirió que ya en las primeras décadas del siglo XIX, su consumo se había extendido a lo largo de todo el país galo. La notoriedad de la absenta fue creciendo intensamente, se ofreció a las tropas francesas como un medicamento antifebril. Cuando las tropas retornaban del frente compraban esta bebida en los bares y cafés de la época. La absenta se hizo tan popular que muchos cafés y cabarets instauraron un momento determinado para su ingesta “l'heure verte” “la hora verde”. Se convirtió por aquel entonces en seña de identidad del movimiento bohemio. Musa o hechicera, inspiradora quizás de varias de las más grandes obras de la literatura y las artes plásticas. Personajes como Baudelaire, Verlaine, Picasso, Dostoievsky, Rimbaud, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Gauguin, Zola, Oscar Wilde, sucumbieron ante su color, su aroma, su sabor, pero sobre todo ante sus efectos alucinógenos. Sirvan dos ejemplos de cómo “la musa verde” cautivó a los artistas de la época, Van Gogh, ebrio de absenta se cortó el lóbulo de la oreja y se lo dio a una joven meretriz, o Picasso, que elevó la absenta a tema magistral en varias de sus obras. La absenta ocasiona en quien la bebe efectos similares a los de un psicotrópico. Las ideas se prolongan, el tiempo se ralentiza, se tiene una impresión inmensa de placer ante la levedad de la existencia, a la vez que se tiene cierto grado de bienestar y algo que podría llamarse sensibilidad erótica.
Como causa de estos efectos descritos, ha sido una bebida que ha causado mucha discusión a lo largo de la historia, como consecuencia muchos países decidieron prohibirla persistiendo esta situación en la actualidad en muchos de ellos.

La bebedora de absenta. (Picasso).

La absenta, el aperitivo del siglo XIX reaparece en el nuestro cargada de mitos que la hacen más atractiva. Uno de esos atractivos, es el rito de su preparación. Se dice que toda acción gana al ser ritualizada, y en el caso de la absenta el deseo comienza a saciarse desde el momento en que se ponen sobre la mesa un vaso pequeño de forma específica para tomarla que tiene en el fondo un abultamiento o burbuja de una onza de capacidad, una jarra con agua fría, una buena botella de absenta, cubos de azúcar, cerillas y una cuchara perforada con delicadas figuras geométricas.Se pone la cuchara en la boca del vaso y sobre ella el cubo de azúcar, se vierte despacio un poco de absenta en el vaso, justo una onza, cuidando que bañe el cubo de azúcar. Seguidamente con la cerilla se prende el azúcar y de inmediato se procede a llenar el vaso con el agua haciendo que se termine de deshacer el endulzante. La mezcla tomará un color blancuzco-verdoso al haber emulsionado la absenta, y estará lista para alimentar el viaje. El placer entonces cobra forma, y se bebe. No es para tenerle miedo, pero sí respeto. Con el alto grado de alcohol que tiene la absenta bastaría para poner embriagado a cualquiera, y si a eso se le agrega su delicioso efecto mental, la convierte en una joya líquida para consumirse poco a poco y en ocasiones especiales. Su consumo debe de ser pues extremadamente moderado y no más de una onza, sino podría pasar lo que decía el escritor Oscar Wilde,”después del primer vaso, uno ve las cosas como le gustaría que fuesen. Después del segundo, uno ve las cosas que no existen. Finalmente, uno acaba viendo las cosas tal y como son, y eso es lo más horrible que puede ocurrir”.

El ritual de la absenta.

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