EL CAFE UNA HISTORIA FASCINANTE.

"Entre los muchos lujos de la mesa, el café puede ser considerado como uno de los más valiosos. El atisba la alegría sin intoxicación, y el placentero flujo de espíritus que ocasiona nunca es seguido de tristeza, languidez o debilidad". (Benjamín Franklin).

El café es uno de esos alimentos que demuestran, quizá mejor que ningún otro, que comer y beber nunca ha sido solo una cuestión de nutrición. Su historia no se explica únicamente como la difusión de una planta ni como el éxito de una bebida estimulante, sino como la construcción lenta y compleja de un universo cultural propio. En torno al café se han entrelazado prácticas alimentarias, rituales religiosos, modelos económicos, espacios de encuentro y formas de representación simbólica. Seguir su rastro es, en realidad, una forma de asomarse a la historia de la alimentación entendida en sentido amplio, como un fenómeno profundamente humano, social y cultural.


Miembro de la tribu etíope Oromo recolectando café

Antes de ser bebida, el café fue territorio, conocimiento empírico y recurso corporal. En las tierras altas del suroeste de Etiopía, donde el cafeto crece de forma silvestre desde tiempos inmemoriales, la relación con la planta no estuvo mediada inicialmente por la agricultura sistemática ni por la idea de producto comercial. El café formaba parte de un entorno vivo, integrado en prácticas de subsistencia y en un saber transmitido oralmente. Las poblaciones locales, especialmente los oromo, utilizaban los frutos del cafeto de formas diversas, machacados y mezclados con grasas animales, ligeramente fermentados o consumidos como fuente directa de energía. Desde la antropología alimentaria, este primer estadio resulta esencial, pues sitúa al café en el ámbito de lo funcional y lo medicinal, antes que en el del placer o la sociabilidad.

En este contexto africano original, el café no es todavía una bebida social ni un ritual codificado. Es, más bien, un aliado del cuerpo, integrado en la gestión del esfuerzo físico y en la vida cotidiana. Esta dimensión primigenia suele quedar eclipsada por los relatos posteriores, pero resulta esencial para entender la extraordinaria capacidad del café para adaptarse a culturas muy distintas. El café nace como respuesta a necesidades concretas y solo más tarde se irá cargando de significados simbólicos cada vez más complejos.


Mujer etíope tostando café

El gran punto de inflexión llega cuando el café sale de África oriental y entra en el mundo islámico medieval. Este paso, que se consolida entre los siglos XIV y XV, no es solo un desplazamiento geográfico, sino una transformación cultural profunda. En Yemen, el café se convierte en infusión y da lugar a una experiencia sensorial nueva. El sabor amargo, el color oscuro, el calor de la bebida y su efecto estimulante no resultan inmediatamente seductores. El café exige aprendizaje, tiempo y hábito. No conquista de golpe, interpela. Y esa cualidad explica en buena medida su rápida adopción en entornos donde la disciplina del cuerpo y de la mente tenía un valor central.

En los círculos sufíes, el café se integra en prácticas religiosas ligadas a la vigilia nocturna, la oración prolongada y la recitación ritual. No se trata de una bebida profana, sino de un mediador entre el cuerpo cansado y la aspiración espiritual. Ayuda a resistir el sueño, a mantener la atención y a sostener el ritmo de la devoción. Desde este momento inicial, el café queda asociado a la noche, a la concentración y a la interioridad, una relación simbólica que atravesará toda su historia.


El café una practica social

Las polémicas teológicas que acompañan la expansión del café en el mundo islámico muestran hasta qué punto esta bebida altera equilibrios establecidos. Juristas y autoridades religiosas discuten su licitud no tanto por lo que es, sino por lo que provoca. El café no embriaga como el vino, pero cambia los ritmos del cuerpo y favorece la reunión, la conversación y el intercambio de ideas. Las prohibiciones temporales en ciudades como La Meca o El Cairo pueden leerse como respuestas al potencial desestabilizador del café como práctica social. Como ocurre con otros alimentos cargados de significado, el conflicto no está en la sustancia, sino en el uso.

Con la aparición de los cafés públicos en el mundo otomano, a partir del siglo XVI, el café da un paso decisivo. Sale del ámbito religioso o doméstico y se convierte en una institución social. El café público es un espacio ambiguo, a medio camino entre lo privado y lo público, donde se desarrollan nuevas formas de sociabilidad. Allí se cuentan historias, se recitan poemas, se escucha música, se juega y se discute. Desde una mirada etnográfica, el café aparece como un lugar de oralidad intensa, donde la palabra circula y la comunidad se reconoce a sí misma.


Cafetería en El Cairo durante el siglo XVIII

El poder político observa estos espacios con desconfianza, consciente de que el café no solo despierta cuerpos, sino también conciencias. El café se convierte en un lugar donde se forma opinión, un laboratorio informal de pensamiento colectivo. Esta dimensión política, a menudo relegada en los relatos más amables, es clave para entender tanto su rápida difusión como su capacidad para adaptarse a contextos muy distintos.

La llegada del café a Europa en el siglo XVII abre una nueva etapa. Al principio se percibe como una bebida exótica y sospechosa, vinculada al mundo islámico. Sin embargo, poco a poco se integra en las sociedades europeas mediante un proceso de resignificación cultural. En un continente acostumbrado al consumo cotidiano de alcohol, el café introduce una alternativa radical, una bebida que estimula sin embriagar, que favorece la claridad mental y prolonga la conversación. Este cambio, en apariencia menor, tiene consecuencias profundas en la organización del tiempo, del trabajo y de la vida social.


El café llega a Europa

Los cafés europeos se convierten pronto en centros neurálgicos de la vida urbana. En ciudades como Londres, París, Venecia o Viena, funcionan como nodos de información y de intercambio intelectual. Se leen gacetas, se debaten ideas, se cierran negocios y se construyen reputaciones. No es casual que muchas instituciones fundamentales de la modernidad, periódicos, compañías comerciales, bolsas de valores, tengan su origen en cafés. El café se convierte en la bebida de la Ilustración, asociada a la razón, al debate y al espíritu crítico.

La literatura, la pintura y la música recogen y amplifican esta centralidad cultural. El café aparece como escenario privilegiado de la vida moderna, lugar donde se cruzan creación artística, observación social y experiencia urbana. En la pintura del siglo XIX, el café es espacio de espera, de soledad compartida y de anonimato. En la música, se convierte en objeto de ironía y celebración. En la literatura, la taza de café acompaña la escritura, la reflexión y la vigilia creativa, casi como una prolongación del propio acto intelectual.


Un café de Paris. Iliá Yefímovich.

Pero esta historia luminosa no puede separarse de su reverso económico. La conversión del café en mercancía global está estrechamente ligada al colonialismo europeo. A partir del siglo XVIII, su cultivo se expande por América, Asia y África bajo una lógica de monocultivo y explotación intensiva. Las plantaciones de Brasil, el Caribe o Centroamérica se sostienen sobre sistemas de trabajo esclavo o semiesclavo, dando forma a sociedades profundamente desiguales.

Aquí aparece una de las grandes contradicciones del café. Es, al mismo tiempo, símbolo de refinamiento cultural y producto de una violencia estructural. Esta ambivalencia no es accidental, sino una de las marcas de la modernidad. El placer, el gusto y la cultura se entrelazan con la economía política, y el café se convierte en un objeto privilegiado para pensar las tensiones entre consumo y producción, entre disfrute y explotación.


El café. Candido Portinari.

En el siglo XIX, el café se afianza como la bebida urbana por excelencia. Acompaña la industrialización, el auge de la prensa, la vida bohemia y el surgimiento de nuevas sensibilidades artísticas. Los cafés literarios se transforman en espacios de creación y confrontación intelectual. Allí se escriben manifiestos, se discuten obras y se forjan identidades culturales. El café deja de ser solo una bebida para convertirse en atmósfera, en escenario mismo de la modernidad.

El siglo XX introduce una nueva fase marcada por la industrialización y la estandarización. El café se simplifica, se acelera y se adapta al ritmo de la vida contemporánea. El café instantáneo, las grandes marcas y las cadenas internacionales responden a una lógica de eficiencia y consumo masivo. En ese proceso, el café pierde parte de su densidad simbólica, aunque no su función social. Sigue siendo pausa, excusa y pequeño ritual cotidiano.


La tertulia del café Pombo. Jose Solana.

En las últimas décadas, el auge del café de especialidad ha abierto una nueva resignificación. Se vuelve a hablar de origen, de territorio, de productor y de proceso. Se cuida la preparación, se educa el gusto y se reivindica una dimensión ética del consumo. Desde una mirada antropológica, este movimiento puede entenderse como un intento de devolverle sentido a la experiencia alimentaria en un mundo acelerado y globalizado. El café vuelve a ser relato, identidad y vínculo.

A lo largo de su recorrido histórico, el café ha sido alimento funcional, ayuda espiritual, mercancía colonial, símbolo intelectual y objeto de reflexión ética. En cada etapa ha encarnado los valores, las tensiones y las contradicciones de la sociedad que lo adopta. El café no acompaña la historia humana: forma parte de ella. En cada taza se condensan siglos de prácticas, creencias, conflictos y creaciones culturales. Entender el café desde esta perspectiva amplia y ensayística es, en el fondo, una forma de comprender una parte esencial de la historia cultural de la alimentación y, con ella, de nuestra propia humanidad.


El café, una fascinante historia.

EL MUNDO SEGUN MONSANTO.

"La Tierra tiene lo suficiente para calmar el hambre de todo el mundo pero no la codicia de cada hombre". (Mahatma Gandhi).

El nombre de Monsanto condensa, quizá como pocos en la historia contemporánea de la agricultura, las tensiones estructurales entre ciencia, industria, poder económico, medio ambiente y comunidades humanas. Abordar su trayectoria y su impacto exige situarla no solo como una empresa concreta, sino como un actor clave en la transformación del sistema agroalimentario global durante el siglo XX y comienzos del XXI, en un contexto marcado por la industrialización de la agricultura, la financiación de la producción de alimentos y la creciente subordinación del conocimiento campesino a la lógica corporativa.

Monsanto nació en 1901 en Estados Unidos como una empresa química, dedicada inicialmente a la producción de edulcorantes artificiales como la sacarina. A lo largo del siglo XX fue ampliando su cartera hacia productos industriales y agrícolas, incluyendo plásticos, fibras sintéticas y, de forma especialmente significativa, herbicidas, insecticidas y otros insumos clave para la agricultura intensiva. Este recorrido histórico es fundamental para comprender su lógica empresarial, Monsanto no surge como una compañía “agraria” en sentido clásico, sino como una empresa química que encuentra en la agricultura un mercado privilegiado para la expansión de sus productos.

Desde una perspectiva antropológica de la alimentación, el punto de inflexión más relevante se produce a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando la agricultura se integra plenamente en el paradigma industrial. En ese proceso, Monsanto se convierte en uno de los principales proveedores de tecnologías orientadas a aumentar el rendimiento por hectárea, reducir la dependencia del trabajo humano y estandarizar los cultivos. Herbicidas como el glifosato, comercializado bajo la marca Roundup, se insertan en un modelo agrícola que concibe el campo como una fábrica a cielo abierto, donde la biodiversidad es un obstáculo y no un valor.


El impacto ambiental de esta lógica ha sido ampliamente documentado y debatido. El uso masivo de herbicidas de amplio espectro ha contribuido a la simplificación extrema de los agroecosistemas, eliminando no solo las llamadas “malas hierbas”, sino también plantas silvestres fundamentales para la conservación de suelos, polinizadores y cadenas tróficas. A medio y largo plazo, esta simplificación ha favorecido la aparición de resistencias en numerosas especies vegetales, obligando a incrementar dosis, combinar productos o desarrollar nuevas formulaciones químicas, en un círculo de dependencia tecnológica difícil de romper. Desde el punto de vista ecológico, el resultado es una agricultura cada vez más vulnerable, con suelos degradados, menor capacidad de retención de agua y una creciente huella química sobre ecosistemas circundantes.

A este impacto ambiental se suma el efecto sobre la salud humana, especialmente en comunidades rurales expuestas de forma continuada a estos productos. Numerosos estudios epidemiológicos y litigios judiciales han señalado posibles vínculos entre el uso intensivo de determinados herbicidas y problemas de salud, desde alteraciones endocrinas hasta distintos tipos de cáncer. Más allá del debate científico específico sobre cada sustancia, lo relevante desde una perspectiva de sostenibilidad es la asimetría entre quienes obtienen los beneficios económicos de estos productos y quienes asumen los riesgos sanitarios y ambientales, generalmente agricultores, jornaleros y poblaciones rurales con menor capacidad de defensa jurídica y política.

El segundo gran eje del impacto de Monsanto se sitúa en el ámbito de las semillas y la biotecnología. A partir de los años noventa, la empresa orienta una parte central de su estrategia al desarrollo y comercialización de semillas genéticamente modificadas, diseñadas para ser resistentes a sus propios herbicidas o para producir toxinas insecticidas. Este movimiento no solo supone un cambio tecnológico, sino una transformación profunda de las relaciones sociales en torno a la agricultura. Tradicionalmente, las semillas han sido un bien común, reproducido, seleccionado y compartido por las comunidades campesinas a lo largo de generaciones. La introducción de semillas patentadas rompe esta lógica, convirtiendo un recurso fundamental para la vida en un activo privado sujeto a contratos, licencias y restricciones legales.

Desde una perspectiva antropológica y social, esta privatización del material genético tiene consecuencias profundas. Los agricultores dejan de ser custodios y mejoradores de semillas para convertirse en usuarios dependientes de un paquete tecnológico cerrado, que incluye semillas, agroquímicos y asesoramiento técnico. En muchos contextos, especialmente en países del Sur global, esta dependencia ha incrementado el endeudamiento campesino, ha reducido la diversidad de cultivos locales y ha erosionado sistemas agrícolas tradicionales adaptados a condiciones ecológicas específicas. El impacto no es únicamente económico, sino cultural, se pierde conocimiento local, se debilitan redes comunitarias y se homogeneizan paisajes agrícolas que durante siglos fueron el resultado de una coevolución entre sociedades humanas y ecosistemas.


La expansión global de este modelo ha tenido efectos desiguales. En algunos contextos, la introducción de semillas transgénicas ha permitido aumentos de producción a corto plazo y una reducción puntual del uso de ciertos insecticidas. Sin embargo, a medio y largo plazo, estos beneficios se han visto contrarrestados por la aparición de resistencias, el aumento del uso de herbicidas y la consolidación de oligopolios empresariales que concentran el control sobre semillas y agroquímicos. Desde la óptica de la sostenibilidad, esta concentración de poder plantea serias dudas sobre la resiliencia del sistema alimentario global y su capacidad para adaptarse a crisis climáticas, energéticas o sociales.

El impacto de Monsanto en las comunidades humanas no puede entenderse sin atender a las dinámicas de poder que ha contribuido a consolidar. La empresa ha sido un actor clave en la promoción de marcos regulatorios favorables a la biotecnología industrial, influyendo en políticas públicas, sistemas de evaluación de riesgos y acuerdos comerciales internacionales. Esta capacidad de influencia ha generado una brecha entre el discurso oficial de la innovación sostenible y la percepción de amplios sectores sociales que ven en estas prácticas una amenaza para la soberanía alimentaria y la justicia ambiental.


Desde una perspectiva histórica, Monsanto encarna una forma de entender el progreso basada en la tecnificación extrema y en la idea de que los problemas ecológicos y sociales pueden resolverse mediante soluciones técnicas desarrolladas por grandes corporaciones. Frente a ello, los enfoques contemporáneos de sostenibilidad tienden a subrayar la necesidad de sistemas agroalimentarios diversificados, descentralizados y arraigados en los territorios, donde la innovación no se oponga al conocimiento tradicional, sino que dialogue con él.

La absorción de Monsanto por parte de Bayer no elimina estas tensiones; más bien las integra en una estructura corporativa aún mayor, reforzando el debate sobre el papel de las multinacionales en la gobernanza global de la alimentación. El “mundo Monsanto”, más que una empresa concreta, representa un modelo de relación entre humanidad y naturaleza basado en la dominación, la estandarización y la mercantilización de la vida. Analizar su impacto es, en última instancia, reflexionar sobre qué tipo de agricultura, de alimentación y de sociedad queremos construir si el objetivo es satisfacer las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras, garantizando un equilibrio real entre medio ambiente, desarrollo social y viabilidad económica.

Desde esta perspectiva, el caso Monsanto funciona como un espejo crítico, pone de relieve tanto las capacidades de la ciencia aplicada como sus límites éticos y ecológicos cuando se subordina exclusivamente a la lógica del beneficio. Para un público especializado en sostenibilidad, su estudio no es solo una revisión del pasado reciente, sino una advertencia sobre los riesgos de reproducir, bajo nuevos discursos, viejos modelos de explotación de la tierra y de las comunidades que dependen de ella.

ODA AL TOMATE. JORGE DREXLER.

"El tomate cambió el destino de la mesa europea más que muchos tratados políticos". (Felipe Fernández Armesto).

Existen alimentos que se consumen y pronto se olvidan, pero hay otros que, por motivos enigmáticos, adquieren una carga narrativa especial. El tomate pertenece a este último grupo: un fruto americano que ha trascendido fronteras, al mismo tiempo modesto y majestuoso, tan presente en el día a día que casi pasa desapercibido, aunque su esencia inspira poesía. Cuando Jorge Drexler crea Oda al tomate, no se limita a componer una simple canción sobre gastronomía; se suma conscientemente a una tradición literaria y cultural que eleva lo cotidiano a símbolo y transforma lo doméstico en fuente de reflexión profunda.

Transformar la poética rítmica de Jorge Drexler, quien a su vez se inspira en la esencia de Pablo Neruda, en un texto en prosa es un ejercicio que nos permite apreciar el tomate no solo como ingrediente, sino como un objeto cultural y estético. Aquí teneis la adaptación de la letra a un texto unificado y narrativo, manteniendo todo su rigor lírico y descriptivo:


"La calle se llena de tomates porque a la mitad del día, en pleno verano, la luz se fractura en dos mitades de tomate y el jugo corre por las calles. En diciembre, el tomate se desprende, invade las cocinas, entra por los almuerzos y se sienta reposado en los aparadores, entre los vasos, las mantequilleras y los saleros azules. Posee una luz propia, una majestad benigna que nos obliga a reconocerlo: debemos, por desgracia, asesinarlo. Se hunde el cuchillo en su pulpa viviente; es una víscera roja, un sol fresco, profundo, inagotable, que llena las ensaladas de Chile.

Se casa alegremente con la clara cebolla y, para celebrar la unión, se deja caer el aceite, hijo esencial de la olivar, sobre sus hemisferios entreabiertos. La pimienta añade su fragancia, la sal su magnetismo: es la boda del día. El perejil levanta sus banderas, las papas hierven vigorosas y el asado golpea la puerta con su aroma. Es entonces cuando, sobre la mesa, en la cintura del verano, el tomate —astro de tierra, estrella repetida y fecunda— nos muestra sus circunvoluciones, sus canales y la insigne plenitud de su abundancia, sin hueso, sin coraza y sin espinas. Nos entrega el regalo de su color fogoso y la totalidad de su frescura en un ofrecimiento sencillo y absoluto".


Desde una perspectiva etnográfica, este texto refleja la consolidación del tomate como soberano de la mesa mediterránea y americana. Es fascinante cómo la letra subraya esa "majestad benigna" y su falta de coraza, lo que lo convierte en un símbolo de vulnerabilidad y entrega gastronómica. Este texto podría servir perfectamente para ilustrar cómo la identidad cultural se construye a través de la sacralización de lo cotidiano.

CARTOGRAFIA GASTRONOMICA DE DON MIGUEL DE CERVANTES.

"Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago". (Don Quijote de la Mancha).

La gastronomía forma parte esencial de la cultura, y son pocos los escritores españoles que han incorporado tantas alusiones culinarias en sus obras como Miguel de Cervantes. Tanto es así que el Quijote, por sí mismo, se presenta también como un valioso compendio de los hábitos y tradiciones gastronómicas propios del Siglo de Oro.


Desde su primer párrafo, la novela brinda una visión concisa del sustento cotidiano de un hidalgo manchego en aquella época: una olla donde predominaba la carne de vaca sobre la de carnero, salpicón para las cenas habituales, lentejas los viernes, "duelos y quebrantos" los sábados y un palomino como lujo dominical. A lo largo de sus capítulos, presenciamos junto a Don Quijote y Sancho episodios de comida compartida con pastores, cenas en ventas y mesones a lo largo de los caminos, banquetes organizados en las casas de ricos caballeros o celebraciones nupciales. Surge entonces la pregunta: ¿Qué llevó a Cervantes a incluir tantas referencias dietéticas en su obra? ¿Qué nivel de conocimiento gastronómico tenía el autor del Quijote? ¿Cuáles fueron sus preferencias culinarias, y de qué consistió su dieta a lo largo de su vida en los diversos lugares donde residió, como La Mancha, Madrid, Valladolid, Córdoba, Sevilla, Roma, Nápoles o Argel?


En "Cartografía gastronómica de don Miguel de Cervantes", Pedro Plasencia, reconocido crítico gastronómico y experto de renombre en la historia de la gastronomía, autor de una prolífica obra que abarca una docena de libros sobre el tema, incluyendo títulos destacados como "Los vinos de España vistos por los viajeros europeos" y "Gastronomía precolombina", ambos publicados en esta colección, ofrece un análisis ameno y metódico a preguntas fascinantes en el contexto de la celebración del IV Centenario del fallecimiento del ilustre autor de las letras hispánicas. Esta obra, sin lugar a dudas, se posiciona como una referencia ineludible para profundizar en los aspectos esenciales de la gastronomía del Siglo de Oro español, revelando simultáneamente una faceta poco explorada de la vida privada de don Miguel de Cervantes.

EL MAGOSTO. EL GRAN ASADO DE LAS CASTAÑAS.

"Por San Martín, se hace el Magosto con castañas asadas y vino o mosto". (Refranero).

La fiesta del magosto constituye uno de los rituales gastronómicos estacionales más antiguos y significativos del noroeste de la península ibérica. Este evento, que en apariencia se presenta como una sencilla celebración popular centrada en el consumo de castañas, encapsula múltiples capas de significado vinculadas a la historia agraria, los símbolos colectivos, la sociabilidad en contextos rurales y la memoria cultural compartida. Su etimología, asimismo, refleja un entrecruzamiento de tiempos y sentidos. Se postula que el término magosto deriva del latín "magus" o "magnus ustus", que traduce literalmente como "gran asado", en referencia a la cocción comunal de las castañas. No obstante, otras teorías lingüísticas proponen su conexión con "mustum", es decir, el mosto recién prensado, lo que alude a la coincidencia temporal entre la recolección de las castañas y la conclusión del proceso de vendimia. En ambos casos, el análisis etimológico remite al núcleo simbólico de esta celebración: el fuego, la abundancia y la conclusión de un ciclo productivo.


A lo largo de la historia, el magosto se ha inscrito dentro de un calendario agrario anterior al cristianismo, profundamente ligado al equinoccio de otoño y al paso hacia la estación oscura. Antes de la llegada masiva de cultivos como la patata y el maíz, la castaña desempeñó un papel crucial como uno de los principales sustentos alimenticios en amplias regiones de Galicia, Asturias, León, El Bierzo, Sanabria, el norte de Portugal y diversas zonas montañosas del interior. Este fruto iba mucho más allá de ser un simple complemento alimenticio; era considerado un auténtico "pan vegetal", una valiosa fuente calórica para las comunidades rurales. La castaña se consumía en distintas formas: fresca, seca, molida o cocida. Por ello, el otoño marcaba un momento trascendental, ya que la recolección de los frutos del castaño garantizaba la supervivencia durante el invierno y daba pie a celebraciones colectivas de agradecimiento y reafirmación comunitaria.


Pan de castañas

Con la cristianización del magosto, su esencia pagana no desapareció, pero sí fue reinterpretada. Su coincidencia temporal con el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos añadió nuevas capas simbólicas a esta celebración. El fuego del magosto, además de tostar las castañas, se cargó de un significado espiritual al convertirse en una metáfora luminosa que alumbraba la frontera entre los vivos y los muertos. En numerosos pueblos se creía que, durante esa noche, las almas regresaban para calentarse junto a las hogueras o incluso para compartir el banquete de forma invisible. Actos como comer castañas, embadurnarse el rostro con hollín, o degustar vino nuevo y aguardiente adquirieron resonancias profundas, convirtiéndose en gestos cargados de simbolismo. Estas prácticas no solo evocaban el enlace entre generaciones, sino que también reafirmaban el vínculo con una comunidad consciente de la transitoriedad de su propia existencia.


Desde una perspectiva antropológica, el magosto se presenta como un ritual destinado a fortalecer los lazos sociales. Tradicionalmente, su celebración tenía lugar al aire libre, ya fuera en el monte, en los campos comunales o en el entorno de la iglesia, espacios concebidos para el uso colectivo que enfatizaban la noción de lo compartido. No existía una figura central que actuara como anfitrión; la comida, el fuego y la noche misma se entendían como bienes comunes. Las castañas asadas, usualmente acompañadas de pan, chorizo, tocino, sidra o vino joven, se repartían siguiendo un criterio igualitario que, de manera simbólica, disolvía temporalmente las jerarquías sociales. En este marco, el magosto actuaba como una lección práctica para la comunidad, los más jóvenes aprendían los gestos, ritmos y sabores que definían su herencia cultural y gastronómica.

Desde un enfoque etnográfico, la festividad presenta ricas variaciones locales que enriquecen su esencia sin alterar su estructura principal. En Galicia, está asociada a cantos tradicionales, juegos rituales y figuras como el calacú o el folión. En Asturias, conecta con la esfoyaza y la sidra dulce. En El Bierzo y Sanabria emergen elementos relacionados con las mascaradas y las burlas rituales, mientras que en el norte de Portugal el magusto conserva su carácter comunitario, frecuentemente vinculado a las escuelas y parroquias. Estas variantes trascienden la simple categoría de curiosidades folclóricas, ya que reflejan la capacidad del arquetipo festivo para adaptarse a los paisajes culturales, dinámicas económicas y memorias colectivas propias de cada lugar.


El fuego ocupa un papel fundamental, tanto en lo material como en lo simbólico. Asar castañas conlleva un proceso de transformación que convierte el fruto en algo comestible, cálido y perfecto para compartir. Este acto rememora la capacidad humana de domesticar la naturaleza y dominar el transcurso del tiempo. El chisporroteo característico de las castañas al asarse en el tambor o en una sartén perforada, el aroma dulce y terroso que se expande en el ambiente, y la textura harinosa y levemente ahumada del fruto recién pelado, componen una experiencia sensorial que va mucho más allá del simple acto alimenticio. Participar de un magosto no solo implica comer castañas, sino formar parte de una tradición colectiva que se renueva año tras año.

Desde una perspectiva cultural, el magosto ha dejado su impronta en la literatura costumbrista, en las escenas rurales capturadas por la pintura, en la música tradicional y en la memoria transmitida de generación en generación. Escritores de los siglos XIX y XX lo mencionaron como un emblema de la vida campesina y de la convivencia en comunidad, mientras que la iconografía popular lo identifica con la modestia generosa, el calor del hogar frente al rigor del invierno y una forma de celebración sencilla pero significativa. En un contexto donde la estacionalidad y la incertidumbre climática eran constantes, el magosto encarnaba una verdad inquebrantable: si había castañas y fuego, la comunidad tendría la fortaleza para superar el invierno.


Puesto de castañas asadas. Arnold Corrodi.

Hoy en día, la recuperación del magosto como una celebración gastronómica y cultural no solo busca conservar el patrimonio, sino también satisfacer una creciente necesidad de reconectar con los ciclos naturales y con una forma de alimentación arraigada al territorio. La castaña, ahora redescubierta y valorada tanto por la gastronomía de calidad como por la cocina basada en ingredientes locales, recupera un protagonismo simbólico que nunca llegó a desaparecer por completo. No obstante, el verdadero significado del magosto trasciende el producto en sí; reside en el acto colectivo, en el tiempo compartido alrededor del fuego y en la conciencia de formar parte de una tradición humana que se extiende a lo largo de los siglos.

Desde esta perspectiva, el magosto no debe considerarse como una mera reliquia folclórica ni como una celebración estacional cualquiera, sino como un saber vivo que se transmite a través del cuerpo, el gusto y las emociones. En esta festividad confluyen historia, antropología y gastronomía, inseparables entre sí como parte de una misma vivencia cultural. Asar castañas en otoño, reunirse para disfrutarlas y celebrar su llegada sigue representando, ahora como antes, una forma de reafirmar los ciclos de la vida, rendir homenaje a la tierra y recordar que la comida, cuando es compartida, trasciende lo material para transformarse en cultura.


El magosto. La fiesta de las castañas.

ROSSINI. MUSICA, MESA Y GENIO.

"Comer y amar, cantar y digerir; estos son los cuatro actos que dirigen esta ópera bufa que es la vida". (Gioachino Rossini). 

Gioachino Rossini ocupa un lugar destacado e indiscutible en la historia de la música occidental como uno de los grandes compositores de ópera del siglo XIX. Sin embargo, limitar su figura únicamente al ámbito musical equivale a pasar por alto una dimensión crucial de su vida, su profunda y constante conexión con la gastronomía, una relación cargada de significado cultural. Para Rossini, la mesa no era simplemente un espacio complementario ni un escenario ocasional de interacción social, sino más bien un terreno paralelo de creatividad, un lenguaje estético y un pilar esencial en su visión de la vida. La gastronomía marcó cada una de las etapas de su existencia, influyó en su modo de trabajar, moldeó sus relaciones sociales y dejó una impronta duradera en la tradición culinaria europea, llegando incluso a transformar su nombre en una verdadera referencia dentro de la gastronomía.


Gioachino Rossini

Desde su juventud, Rossini mantuvo una conexión vibrante con el placer, inherente a su desbordante energía creativa. Nacido en Pésaro en 1792, creció en un entorno popular y profundamente musical, donde la comida era una parte esencial de la vida cotidiana y de una cultura profundamente arraigada. En sus primeros años como compositor, mientras estrenaba obras a un ritmo casi insólito, su existencia estuvo marcada por la intensidad y lo inmediato. Esta etapa inicial, dominada por la ópera buffa y una escritura musical llena de exuberancia, ritmo y claridad, refleja también su relación con la gastronomía, abundante, sincera, libre de inhibiciones o ascetismos. Para el joven Rossini, disfrutar de una buena mesa era una afirmación de su vitalidad, del mismo modo que sus composiciones exaltaban el movimiento, el humor y la materialidad sonora.

Con el progreso de su carrera y la consolidación de su prestigio, también evolucionó significativamente su sensibilidad gastronómica. El Rossini de la madurez, convertido ya en una figura central e influyente en el panorama operístico europeo, desarrolló una relación con la gastronomía caracterizada por una conciencia y sofisticación superiores. Ya no se trataba únicamente de consumir en cantidad o con calidad, sino de adoptar un proceso deliberado que implicaba selección cuidadosa, comparación crítica y refinamiento constante. En esta etapa, su trayectoria musical y su evolución como gourmet avanzan en una simbiosis notable. Sus composiciones operísticas adquieren una mayor complejidad estructural, una riqueza orquestal más profunda y un manejo temporal más sutil, reflejando una sofisticación comparable a la de su concepción culinaria. En este ámbito, deja atrás la mera opulencia para dar paso a una búsqueda de excelencia basada en la selección rigurosa de los productos, la precisión técnica en la preparación y un equilibrio armónico entre intensidad y delicadeza.


La llegada de Rossini a París marca un antes y un después en su trayectoria. En la vibrante capital francesa, se sumerge en el mundo de la alta cocina en pleno auge, especialmente gracias a su relación con Marie-Antoine Carême. Este vínculo trasciende lo anecdótico, simbolizando la unión de dos maneras de concebir la creación como una arquitectura del placer. Mientras Carême estructura con rigor la cocina moderna, Rossini había logrado un impacto similar en la ópera italiana. Ambos asumen sus respectivas disciplinas como artes mayores, regidas por principios internos pero dedicadas al deleite de los sentidos. En este marco, la gastronomía se convierte para Rossini en un ámbito tanto intelectual como creativo, no como una extensión de la música, sino como su equivalente en profundidad y expresión.

El término de la carrera operística de Rossini no puede considerarse una mera coincidencia frente al auge de su faceta gastronómica. Tras el estreno de Guillermo Tell en 1829, el compositor decide apartarse del ámbito operístico a la temprana edad de 37 años. Este prolongado silencio creativo, frecuentemente interpretado como señal de retiro o decadencia, puede comprenderse desde una perspectiva distinta, un desplazamiento del epicentro de su energía creativa. Lejos de abandonar la creación, Rossini redirigió su genio hacia otro escenario. Desde ese giro en su vida, la gastronomía francesa se erige como su nuevo arte, y la mesa, como su espacio protagónico. Las cenas que organizaba en París alcanzaron gran renombre, no solo por la excelencia culinaria de los platos ofrecidos, sino también por el aire ceremonial que impregnaba cada encuentro. Rossini asumía un rol activo y detallista en la elaboración de los menús; los concebía, perfeccionaba y supervisaba meticulosamente. Su enfoque otorgaba a cada comida el estatus de una experiencia integral, un acto profundamente estético donde tiempo, expectativa, memoria y placer se fundían en armonía.


Marie-Antoine Carême y Gioachino Rossini

A lo largo de estas décadas, el nombre de Rossini se arraiga en la cultura gastronómica europea, asociándose con una serie de platos que llevan su sello distintivo. Los llamados “a la Rossini” no se limitan a una receta específica, sino que representan un estilo marcado por la elección de ingredientes exquisitos, sabores intensos y combinaciones atrevidas, pero siempre equilibradas. Un claro ejemplo es el emblemático tournedos Rossini, que combina solomillo, foie gras y trufa en una muestra de sofisticación culinaria basada en el lujo moderado y la opulencia cuidadosamente diseñada. Que un compositor dé su nombre a un conjunto de creaciones gastronómicas trasciende lo anecdótico; evidencia que Rossini ha superado su rol individual para convertirse en un símbolo cultural y en el referente de un ideal culinario.


Tournedos Rossini

Durante la segunda mitad del siglo XIX, su influencia se solidifica en recetarios, restaurantes y tratados dedicados a la gastronomía, perpetuando este legado. Rossini trasciende entonces su condición de autor de óperas inmortales para consolidarse como una figura emblemática que representa un estilo de vida ligado al buen vivir y al placer de la mesa. Su impacto se entrelaza con las grandes corrientes de la narrativa gastronómica europea, al nivel de pensadores del gusto como Brillat-Savarin, legitimando la cocina como un ámbito de importante reflexión cultural y social.

En sus últimos años, al retomar la composición con las breves piezas de los "Pecados de vejez", Rossini revela una sensibilidad que, aunque transformada, permanece intacta. Estas miniaturas musicales, cargadas de ironía y refinamiento, encuentran un paralelismo directo con su pasión gastronómica en la madurez: de formato reducido pero intensas en contenido, cuidadosamente elaboradas, elegantes y con un toque de humor. Representan la música de alguien que ha descubierto que la plenitud no está en lo cuantitativo, sino en la precisión, un principio que también define la gran cocina clásica.


Rossini falleció en 1868, pero su espíritu gastronómico sigue vigente. Su vida evidencia cómo la gastronomía puede ser una forma de autobiografía, un lenguaje y una memoria, y cómo el placer, lejos de ser algo superficial, puede llegar a convertirse en una vía profunda para el conocimiento y la creación. En la figura de Gioachino Rossini, música y cocina no son caminos paralelos, sino expresiones interconectadas de una misma visión del mundo, donde vivir bien, comer bien y crear bien se integran como un acto cultural único.

SOUDIU. CHUPAR Y DESECHAR.

"¿Qué cosa es más dura que una piedra y más blanda que el agua? Y sin embargo, el agua horada la piedra, no por su fuerza, sino por su constancia". (Publio Ovidio).

En el complejo ecosistema de la gastronomía china, donde la técnica y el simbolismo se entrelazan de forma casi mística, existe una práctica que desafía nuestras convenciones sobre el acto de alimentarse: el Suodiu (唆丢). Este plato, cuyo nombre se traduce literalmente como «chupar y desechar», no se define por la digestión de sus ingredientes sólidos, sino por la extracción sensorial de un aderezo aplicado sobre piedras de río. Lo que a ojos del observador contemporáneo podría parecer una excentricidad, es en realidad una de las manifestaciones más puras de la resiliencia humana y una ventana a la historia social de la cuenca del río Yangtze, en la provincia de Hubei.


El origen del Suodiu se rastrea varios siglos atrás, en la cotidianidad de los antiguos barqueros que transportaban mercancías a través de las sinuosas corrientes fluviales. En periodos de aislamiento, cuando las embarcaciones quedaban varadas por la marea o la falta de viento y las provisiones de carne y verdura se agotaban, el ingenio se convertía en el principal ingrediente de la cocina. Estos trabajadores recolectaban guijarros lisos del lecho del río, piezas que por su naturaleza mineral conservaban un sutil rastro de vida acuática. Al carecer de alimento real, utilizaban estas piedras como soporte físico para los restos de especias y aceites que quedaban en sus despensas. El ritual no era un acto de desesperación, sino una sofisticada estrategia cultural para mantener la estructura de la comida caliente y el sabor compartido en tiempos de escasez.  


La técnica de elaboración, que hoy vive un resurgimiento en los mercados nocturnos como una curiosidad histórica, sigue los principios fundamentales del salteado al wok. Los guijarros, tras ser meticulosamente lavados, se arrojan al fuego intenso junto a una base de aceite de chile, ajo, jengibre y cebollino. La clave reside en la transferencia térmica: la piedra absorbe el calor y actúa como un acumulador que carameliza el aderezo sobre su superficie. El comensal, mediante una técnica de succión, libera los matices picantes y aromáticos directamente en el paladar, para después depositar la piedra limpia de nuevo en el plato. Es una "gastronomía de la esencia", donde el objeto mineral se convierte en el vehículo efímero de una tradición oral y gustativa.


Desde una perspectiva antropológica, el Suodiu nos invita a reflexionar sobre la identidad culinaria en relación con el entorno. Mientras que en la tradición europea la "Sopa de Piedra" es una metáfora literaria sobre la colaboración comunitaria, el Suodiu es una realidad técnica que demuestra cómo el ser humano es capaz de dotar de significado gastronómico a lo inanimado. En este plato, la cocina se despoja de su función nutricional para quedar reducida a su función puramente cultural y hedónica. Hoy, al ser rescatado por las nuevas generaciones, el plato deja de ser un recurso de supervivencia para convertirse en un recordatorio de la memoria histórica china, un bocado que nos enseña que, incluso cuando no hay nada que comer, siempre queda el sabor de la resiliencia.

WONKA. UN SUEÑO DE CHOCOLATE.

"Todas las cosas buenas empezaron con un sueño". (Wonka-Pelicula).

Wonka narra los años iniciales de Willy Wonka, un joven inventor y soñador que llega a una ciudad dominada por un poderoso cártel de chocolateros con la ambición de compartir creaciones dulces capaces de provocar asombro y felicidad. Dotado de una imaginación desbordante pero carente de recursos, Wonka se enfrenta a un sistema económico hostil que castiga la creatividad independiente y protege los intereses de los productores establecidos. A lo largo de su recorrido, marcado por la precariedad, la explotación y la resistencia, el protagonista va afinando su talento y forjando una ética propia, hasta convertir el chocolate en un medio de expresión y emancipación, anticipando la figura del legendario chocolatero cuya fábrica será, en el futuro, un espacio donde la fantasía y el placer desafían las jerarquías del mundo real.

En Wonka, el origen del célebre chocolatero no se articula como una simple fábula infantil, sino como una crónica cinematográfica sobre el nacimiento del deseo moderno, encarnado en una materia tan concreta como simbólica, el chocolate. La película, lejos de limitarse a la nostalgia, propone una lectura cultural del alimento como lenguaje, como promesa y como forma de poder. Desde esta perspectiva, Wonka puede leerse como una reflexión sobre la gastronomía entendida no solo como técnica, sino como sistema de valores, imaginación y economía moral.

El chocolate, eje narrativo y estético del filme, aparece históricamente situado en una tradición europea que transforma un producto colonial, procedente de Mesoamérica, ritual y amargo en su origen, en un bien de consumo asociado al placer, la infancia y la fantasía. Wonka no ignora esta genealogía, la dulzura exuberante de sus creaciones es inseparable de una ciudad que funciona como metonimia del capitalismo urbano decimonónico, donde el azúcar y el cacao se convierten en motores de sociabilidad y diferenciación. En este sentido, la película dialoga con la historia real del chocolate en Europa, de bebida aristocrática a producto industrial, de lujo exótico a alimento emocionalmente codificado.


El protagonista encarna la figura del artesano visionario frente a la estandarización. Su chocolate no es simplemente un alimento, sino una experiencia total que apela a los sentidos, a la memoria y a la promesa de transformación personal. Esta concepción conecta con una tradición gastronómica que entiende la cocina como acto narrativo, cada receta cuenta una historia, cada sabor activa un imaginario. Wonka cocina como quien escribe o compone música; su obrador es un laboratorio poético donde técnica e imaginación se confunden, anticipando debates contemporáneos sobre creatividad culinaria, autoría y espectáculo.

La película establece, además, un contraste deliberado entre la gastronomía como acto de generosidad y la gastronomía como instrumento de control. El gremio de chocolateros, caricatura de monopolios y corporaciones, representa una cocina sin relato, obsesionada con la reproducción del poder y la exclusión. Frente a ellos, Wonka propone una ética del gusto basada en la sorpresa y el acceso, el placer no como privilegio, sino como experiencia compartida. Esta tensión remite a discusiones históricas sobre la democratización del consumo alimentario, especialmente en la Europa industrial, donde el azúcar y el chocolate fueron simultáneamente símbolos de progreso y de desigualdad.


Desde un punto de vista cinematográfico, Wonka construye su discurso gastronómico a través de una puesta en escena sensorial: colores saturados, texturas exageradas, coreografías que convierten la producción de dulces en un ritual colectivo. La cocina se transforma en espectáculo, pero también en utopía. No es casual que la película insista en la dimensión performativa del acto culinario, cocinar es aquí un gesto político, una forma de imaginar mundos alternativos donde el goce no está reglamentado por la escasez artificial.

Para un espectador atento, Wonka ofrece así una lectura compleja del alimento como construcción cultural. El chocolate funciona como metáfora de la modernidad, producto global, cargado de historia colonial, industrializado hasta el exceso, pero aún capaz de vehicular afecto, memoria y deseo. En este sentido, la película se inscribe en una larga tradición de relatos donde la gastronomía no es mero decorado, sino estructura simbólica —de Babette’s Feast a ciertas fábulas contemporáneas sobre chefs y mercados—, recordándonos que comer, incluso en clave de fantasía, nunca es un acto inocente.


Wonka no propone una tesis académica explícita, pero su universo narrativo invita a pensar la gastronomía como un territorio donde se cruzan economía, ética y estética. El chocolate, en manos de su protagonista, deja de ser un simple dulce para convertirse en una pregunta abierta: ¿Qué tipo de sociedad construimos cuando decidimos quién tiene derecho al placer? En esa pregunta, envuelta en azúcar y música, reside la verdadera densidad cultural de la película.

MUSICA Y GASTRONOMIA.

CATEGORIA MUSICA

"La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu". (Miguel de Cervantes).

La relación entre música y gastronomía no es un mero ejercicio de analogía sensorial ni una coincidencia retórica sostenida por metáforas fáciles. Se trata, más bien, de un vínculo histórico, cultural y antropológico profundo, en el que ambas prácticas han compartido espacios, funciones sociales, lenguajes simbólicos y sistemas de jerarquización. Comer y escuchar —como beber y cantar— han sido, desde las primeras sociedades complejas, actos simultáneamente biológicos y culturales, inscritos en rituales, celebraciones, economías y construcciones identitarias.


En la tradición occidental, la música culta ha recurrido de forma recurrente al universo gastronómico como motivo narrativo, simbólico y estructural. Desde los banquetes descritos en la ópera barroca —donde la mesa funciona como escenario de poder, exceso o transgresión, hasta las alusiones explícitas a la comida y el vino en el "Lied" alemán, la "opéra-comique" francesa o determinadas cantatas profanas, la gastronomía aparece como signo de placer, sociabilidad, estatus o moralidad. No es casual que el vino, alimento fermentado por excelencia, haya ocupado un lugar central en el repertorio musical europeo, su ambivalencia entre lo sagrado y lo profano lo convierte en un símbolo particularmente fértil para la composición.

En paralelo, las formas musicales populares y tradicionales han integrado la gastronomía como parte esencial de su imaginario. Coplas, romances, canciones de trabajo, cantos rituales y músicas festivas han utilizado alimentos, recetas, productos locales y prácticas culinarias como marcadores de territorio, memoria y pertenencia. En este ámbito etnográfico, la comida no es solo tema lírico, sino contexto performativo: se canta mientras se vendimia, se siega, se cocina o se celebra. La música, en estos casos, acompaña y estructura el acto alimentario, reforzando su dimensión comunitaria y simbólica.


La modernidad musical amplía y transforma esta relación. En el jazz, el blues o el rock, la gastronomía aparece asociada a identidades sociales concretas —la comida del sur estadounidense, los bares, el alcohol como espacio de sociabilidad y marginalidad y se convierte en lenguaje codificado, cargado de referencias culturales implícitas. En la música popular contemporánea, determinados alimentos y bebidas funcionan como signos de clase, género, deseo o resistencia, al tiempo que reflejan los cambios en los sistemas de producción y consumo. La canción, como forma breve y directa, ha sido especialmente eficaz para fijar estos imaginarios gastronómicos en la cultura de masas.

Desde una perspectiva técnica y estética, la relación entre música y gastronomía también se ha formulado en términos de estructura y percepción. Conceptos como ritmo, textura, equilibrio, contraste o armonía atraviesan ambos campos y han servido para construir discursos cruzados entre compositores, intérpretes, cocineros y críticos. No es casual que, en determinados momentos históricos, la cocina haya aspirado a una “composición” análoga a la musical, ni que la música haya sido descrita en términos gustativos, táctiles o aromáticos.


Esta categoría del blog se propone explorar estos cruces desde una mirada informada y transversal, atendiendo tanto a la música académica como a las tradiciones populares y a las expresiones contemporáneas. El objetivo no es ilustrar la música con referencias gastronómicas ni convertir la comida en simple anécdota lírica, sino analizar cómo ambas prácticas se influyen, se reflejan y se explican mutuamente. En ese diálogo constante entre oído y paladar se revelan formas de entender el mundo, de organizar lo social y de expresar el placer, la identidad y la memoria colectiva.